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Kerry, Bush e Irak

La posición de Kerry es también muy vulnerable porque algunas de sus críticas son eminentemente falaces y sus propuestas alternativas casi infantiles

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El debate fue frustrante. Nada del duelo de titanes que cabría esperar de los aspirantes al cargo político más importante del mundo. Sin duda Kerry estuvo formalmente mejor, más presidencial, como han repetido todos los comentarios, aunque hay también que tener en cuenta que su impecable estilo, casi demasiado aristocrático para Estados Unidos, no le hace ningún favor en numerosas audiencias, mientras que el chapucero de Bush casi le beneficia en esos mismos públicos, haciéndole parecer un hombre de la calle, uno de los nuestros.
 
El formato pactado, ¡un reglamento de 32 páginas!, era un atentado contra la espontaneidad. No se podían dirigir directamente el uno al otro y el tiempo de dos minutos para contestar las preguntas del presentador y 30 segundos para replicar era desesperantemente corto para exponer argumentos complejos, pero posiblemente resultó más bien una defensa para Bush, que parecía cansado y en baja forma y llevaba muy pocos mensajes, repetidos en pildoritas muy cortas, apenas eslóganes, de manera que más bien el tiempo le sobraba.
 
Cada uno se dirigió a sus creyentes e hizo poco para penetrar en el campo ajeno. La posición de Bush es vulnerable por cuanto su estrategia consiste en no reconocer errores, y porque estando en el poder tiene que silenciar muchas cosas por imperativos diplomáticos, pero con todo tiene muy buenos argumentos de los que no echó mano, y aunque todos son difíciles de meter en dos minutos, no digamos 30 segundos, una preparación adecuada lo hubiera hecho factible.
 
La posición de Kerry es también muy vulnerable porque algunas de sus críticas son eminentemente falaces y sus propuestas alternativas casi infantiles. Resulta impresionante leyendo los comentarios al debate hasta qué punto se ha convertido en dogma evidente en el bando anti-Bush la mentira de que la guerra fue un engaño. No sólo nadie ha aportado la más mínima prueba de que lo haya sido sino que se han aportado muchas de todo lo contrario. Lo curioso es que Kerry no puso el énfasis en las armas de destrucción masiva sino en la falta de conexión entre Sadam y Osama.
 
Respecto a las primeras, se trató de un error universal, insuperable dadas las circunstancias, creído de buena fe por todo el mundo. Es impresionante la mala fe que ha tergiversado la verdad. En el segundo caso es sumamente conocido, mucho más allá de la necesidad de pruebas, la amplia y variada conexión del régimen de Bagdad con el terrorismo, y están demostrados documentalmente los contactos del Muhabarat –el aparato de seguridad baasista– con Al Qaeda y personalmente con Bin Laden. Respecto al 11-S nunca la administración americana sostuvo que hubiera conexiones directas. Pero en ambos casos el peligro estaba en el futuro y negar su realidad es mentir o padecer ceguera estratégica absoluta.
 
Insistir machaconamente, como Kerry hizo, en que Irak es una distracción de lo verdaderamente importante, que es dar caza a Bin Laden raya en el absurdo. Bin Laden conserva la importancia de El Cid después de muerto, pero no más, y puede que ya se haya reunido con aquel azote de moros. Es un símbolo poderoso, pero su caída, si es que está en pié, no cambiará nada. Si las tropas americanas se hubieran concentrado en Afganistán y Pakistán, ahí se hubiera montado la gran farsa progre cósmica. Hasta cierto punto Irak es una pantalla que protege las operaciones anti talibán y anti Al Qaeda.
 
La insistente negación kerriana de la centralidad de Irak en la lucha contra el terrorismo islamo-fascista, aún en el supuesto de que la guerra hubiera sido inicialmente un error, debería ser muy fácilmente rebatible, pero Bush no quiso o no supo hacerlo. Si con la ayuda de Kerry la guerra se pierde, éste y el universo entero se van a enterar de centralidades.
 
De la pendejada de que él hubiera formado y formará coaliciones mucho más amplias ni vale la pena hablar, si vamos en serio. Todo sarcasmo hubiera sido poco. Pero Bush no lo contradijo de manera suficiente y adecuada.
¡Qué pena de ocasión perdida!

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