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La cara oculta de Obama

Obama ni aspira ni pretende la victoria aliada en Afganistán. Ni tan siquiera parece interesado en hacer que los propios afganos consoliden un régimen tolerante, abierto y democrático.

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Cuando el presidente Obama, justo tras recibir el premio Nobel de la Paz, anunció su nueva estrategia para Afganistán, básicamente un aumento de tropas americanas y aliadas en ese país, sorprendió a muchos y disgustó a la mayoría de sus votantes de izquierda. El premiado hacía suya la guerra e intensificaba el esfuerzo bélico.

Nosotros fuimos escépticos desde el primer momento con la propuesta de Obama para Afganistán. No sólo porque el "surge" en Irak, que tanto éxito trajo en ese otro país, no fuera traducible automáticamente a Afganistán, donde las condiciones militares y políticas son bien distintas, sino también porque no nos fiábamos de un presidente cuyo instinto siempre ha apuntado a la dirección equivocada y a la manipulación informativa.

Ahora ya está claro. Gracias a su mando militar en la zona, el general McChrystal, finalmente sabemos las intenciones reales de Barack Obama: el incremento de 30.000 soldados americanos tiene por objetivo forzar a los talibanes a llegar a un acuerdo político. McChrystal ha dicho que todas las guerras tienen un final político y en eso lleva razón. Pero esa no es la cuestión: la cuestión es definir qué final político se quiere alcanzar. Y ahí está el verdadero problema de la estrategia de Obama.

Obama ni aspira ni pretende la victoria aliada en Afganistán. Ni tan siquiera parece interesado en hacer que los propios afganos consoliden un régimen tolerante, abierto y democrático. Lo que busca es una salida elegante de aquel teatro de operaciones sin que parezca una clara derrota. Y los únicos que le pueden garantizar su objetivo, guste o no, son los insurgentes talibanes, la verdadera fuerza del país con la excepción de la OTAN y las tropas americanas.

¿A qué arreglo político se refiere McChrystal? ¿Qué arreglo político pueden aceptar los talibanes ahora que su influencia va hacia arriba? La respuesta es clara. El abandono de las armas contra los occidentales a cambio de su presencia en el Gobierno, si no el Gobierno mismo. De ahí todo ese énfasis que ahora se pine en los talibanes moderados. No hay talibanes moderados, hay aproximaciones tácticas diferentes sobre cómo lograr sus objetivos que, a tenor de la experiencia históricas bajo su dictadura, ya sabemos cuales son.

La naturaleza de la bestia es la que es, por mucho que el lobo se vista de oveja. Negociar con los talibanes un Gobierno para Afganistán, nacional o local, es traicionar los principios por los que nuestros soldados han dado su vida en aquellas lejanas tierras y sólo promete que aquel país volverá a ser foco del yihadismo. Ahora que se va acercando el décimo aniversario del 11-S no debiéramos olvidar lo que fue el Afganistán talibán de los 90 y la amenaza que desató contra todo el mundo.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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