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La contrarreforma de Kofi

Annan es un burócrata formado en los entresijos de las luchas intestinas de una siempre creciente burocracia internacional a la que no se la ha sometido a ningún control, por lo tanto, sus propuestas no pasan de ser la expresión de lo que él es

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El secretario general de la ONU acaba de presentar su nuevo plan –y ya van siete en los últimos años- para reformar las Naciones Unidas. “No sólo es la mejor oportunidad, sino que posiblemente sea la última oportunidad”, ha dicho. Y en algo tiene razón: a Kofi Annan los miembros de Naciones Unidas no deben dejarle ninguna otra oportunidad para que vuelva a hacer más de lo mismo, unos planes imposibles y profundamente equivocados.
 
Bajo un pomposo título sacado de una frase de la propia Carta de la ONU, “En mayor libertad”, Kofi Annan se muestra a la vez ambicioso y timorato. Ambicioso porque se plantea una ONU capaz no sólo de resolver las disputas entre sus miembros y asegurar la paz internacional, sino suficiente para arreglar el problema del hambre en el mundo y detener, incluso, el cambio climático; timorato, porque las medidas de cambio que planeta se reducen a tres: cambiar la comisión de derechos humanos para que no vuelva a ocurrir que la presida un régimen tiránico como el libio; ampliar de 15 a 25 el número de representantes en el Consejo de Seguridad, sin modificar el sistema de veto de los cinco permanentes y, por tanto, añadiendo más confusión en la toma de decisiones; y ampliar el presupuesto a su servicio.
 
Pero la ONU no necesita más dinero que despilfarrar, habida cuenta que se ha mostrado crónicamente incapaz para controlar sus fondos con una mínima transparencia, o salvarlos del abuso como en Irak, donde el programa petróleo por alimento se convirtió en “petróleo por corrupción”, o en Ruanda, donde la presencia de la ONU pasará a la Historia como “alimentos por abusos sexuales”.
 
Annan es un burócrata formado en los entresijos de las luchas intestinas de una siempre creciente burocracia internacional a la que no se la ha sometido a ningún control, por lo tanto, sus propuestas no pasan de ser la expresión de lo que él es, un tecnócrata salido de la peor etapa del tercer Mundo, cuando se confiaba en que la aplicación de planes centralizadores, a la soviética aunque con rostro humano, salvarían a millones de desposeídos. No fue así porque el socialismo incluso en su versión light no puede producir ni competir con las virtudes del capitalismo liberal, donde la competencia y no la planificación centralizada, es el motor del desarrollo.
 
Pero aún peor. En todos estos años de descontrol, Kofi Annan ha dado un paso irreversible que le incapacita para seguir frente a su actual puesto –y mucho más para decir nada sobre el futuro de la organización- que ha sido pasar de considerarse un funcionario al servicio de los estados miembros a considerarse él mismo y su secretariado un miembro más de la ONU, de igual a igual con los Estados Unidos, España o Islandia, valga el caso.
 
Antes de seguir en la senda de presentar nuevas ideas, que en realidad sólo sostienen el entramado actual, Kofi Annan debería centrarse en explicar su pasado reciente, su papel en los escándalos que sacuden la organización y su firmeza para que no se aclaren. De no haber sido por la presión de algunos think-tanks y del Congreso americano, nunca habríamos sospechado de la corrupción del programa con Irak; de no haber sido por la insistencia de una funcionaria, Annan habría enterrado la acusación de acoso sexual contra Lubbers; de no haber sido por la prensa, nadie conocería los tejemanejes del hijo de Annan, Kojo, con los programas de la ONU; y de no ser por la insistencia de unas cuentas personas, Annan habría tapado por completo el escándalo de Ruanda. Ese es el verdadero rostro de Kofi Annan. Y es muy posible que su cacareado plan de reforma sólo sea otra pantalla de humo más para esconder las críticas que se merece.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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