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La deuda que no cesa

Es precisamente la resistencia a abandonar este modelo desincentivador el que puede convertir esta crisis coyuntural, causada por la negativa a dejar caer aseguradoras privadas y bancos de negocios en los Estados Unidos, en definitiva.

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La gente normal piensa que el Estado sirve para defender la vida y la hacienda. La izquierda, en cambio, cree que es una inmensa compañía de seguros.

Tras la crisis de la deuda de la primavera, en la que el respaldo alemán lo significó todo, lo más que se ha hecho en Europa son conatos de reformas destinadas a perpetuar el sistema llamado de bienestar. El resultado es que, medio convencidos los inversores, seguimos endeudándonos. Esto, a su vez, diluye el concepto de ciudadano y contribuyente. Mientras se incrementan las obligaciones de las generaciones futuras, la proporción de gastos financiados por deuda pública, comprada mayoritariamente por extranjeros, en relación con los cubiertos por impuestos se incrementa fuera de toda medida.

Parece que la UE ha decidido dar la batalla por perdida. La zona euro, se piensa, será sometida a rigor o multa; y el resto, que se las arregle. Nadie pone en entredicho el intocable estado de bienestar. Una pequeña revisión de las pensiones en Francia ha suscitado toda una campaña mediática contra el ministro responsable, acusado de financiación ilegal del partido de Sarkozy, y ha provocado la enésima huelga del transporte "público". La compañía de seguros, gritan todos rebelándose contra la realidad, no puede quebrar.

Y sin embargo... es precisamente la resistencia a abandonar este modelo desincentivador el que puede convertir esta crisis coyuntural, causada por la negativa a dejar caer aseguradoras privadas y bancos de negocios en los Estados Unidos, en definitiva.

Un libro del lingüista italiano izquierdista Raffaele Simone, preocupado por el ascenso del conservadurismo en Europa, dice que lo que buscan los europeos es el embotamiento del que hablaba Tocqueville en su obra capital: "un poder inmenso y tutelar (...) que no busca sino fijar a los ciudadanos irrevocablemente en la infancia. Este poder (...) provee a su seguridad (...) facilita sus placeres (...), no quiebra las voluntades, sino que las reblandece (...), apaga, atonta". 

La izquierda, como siempre, acusando de lo que practica. Lo cierto es lo contrario. El embotamiento ha sido causado por los excesos de un estado mal llamado social que, en cada aspecto en el que ha intervenido ha quitado vida a la vida. Así lo recordaba hace poco el sociólogo Charles Murray respecto a cuatro facetas de esta en las que es imprescindible la libertad y la responsabilidad individual. La familia, la vocación, la comunidad y la religión. ¿Qué han logrado los planes de maternidad y las ayudas a la natalidad? Demografías declinantes. ¿Qué asegurar el trabajo por ley, y multiplicar los funcionarios? Paro. ¿Qué la asunción por los poderes públicos de las tareas sociales? Desmesura en el gasto e ineficacia. ¿Qué la financiación o participación pública en la religión? Iglesias vacías.

Ortega decía que la obra de caridad más necesaria de su tiempo era no publicar libros superfluos. La del nuestro es despojar al Estado de su condición de asegurador universal. ¿Se quieren mantener buenos restos en sanidad y pensiones? Es dudoso que se esté a tiempo, pero, de ser así, la intervención embotadora del Estado en todo lo demás debe cesar. Las razones por las que esto debe cambiar ni siquiera son económicas, sino morales Hay que devolver a los europeos la libertad de llevar vidas plenas, no sustituidas por un Estado pluri-proveedor, que ya ni se sostiene mediante el impuesto sino por el ahorro extranjero.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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