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La “Doctrina Aznar”

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El martes de la semana, pasada el presidente Aznar pronunció un discurso en la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas (ESFAS). Sus palabras sorprendieron a propios y extraños, ya que no se limitó a una exposición protocolaria y tradicional, sino que el presidente del Gobierno expuso con detalle sus creencias sobre el papel de los ejércitos y la necesidad de que las Fuerzas Armadas españolas acometan profundos cambios a fin de poder prestar el servicio que deben a la nación y a sus ciudadanos. El discurso, de naturaleza esencialmente programática, fue recibido con gran eco de la prensa y rápidamente bautizado como el “discurso de los ataques preventivos”, al haberse referido José María Aznar a la necesidad de encarar actuaciones anticipatorias si se quería ser eficaz en la lucha contra el terrorismo. La falta de recursos e imaginación por parte de los grupos políticos de la oposición y su fijación en equiparar al presidente español con el americano, oscureció el verdadero trasfondo de las palabras de Aznar. A estas alturas de su mandato, ya puede hablarse perfectamente de una auténtica doctrina Aznar. A continuación se explicitan algunos de sus elementos básicos.
 
Primero, el presidente cree que vivimos en un mundo turbulento, lleno de promesas pero también de graves peligros. Las promesas vienen de la mano de la globalización, el crecimiento sostenido y la expansión de la democracia en el mundo; los peligros de la mano del terrorismo internacional y de la proliferación de sistemas de armas de destrucción masiva. La conjunción de ambos es explosiva.
 
Segundo, el radicalismo del fundamentalismo islámico es una fuerza que corroe el mundo árabe y que causa una imprevisible inestabilidad institucional, política y social. Cuando se expresa como terrorismo pone en peligro la paz de los países musulmanes y desequilibra nuestra relación con los mismos.
 
Tercero, hasta el momento la ratio última de los ejércitos era servir de factor de disuasión frente a un potencial agresor. Durante la década de los 90 también se ha puesto de relieve su valor como fuerza de estabilización e imposición de la paz en conflictos étnicos y civiles. Ahora ha llegado el momento de no confiar que esas dos misiones van a ser las únicas o principales de nuestros militares. El factor disuasor no fue capaz de contener la ridícula toma de la isla Perejil por Marruecos y tampoco serviría para detener un ataque terrorista suicida. Las fuerzas armadas tienen que recuperar una clara e indiscutible capacidad de combate porque en el futuro es muy  probable que sean llamadas a combatir.
 
Cuarto, ese paso de lo que hoy son los ejércitos a unas fuerzas preparadas para la guerra –y la victoria– no depende única ni principalmente de los recursos financieros asignados a Defensa. Requiere un cambio de actitud y mentalidad y una profunda transformación que toque todos los aspectos y componentes del universo militar, desde los conceptos al equipamiento pasando por la educación y el perfil profesional.
 
Y, por último, todo ello exige un salto cualitativo en la sociedad a la que los militares sirven. Ese salto ya lo ha dado España en el terreno económico, cultural y diplomático, ahora le toca el turno a la componente estratégica y de seguridad. Pero esto no es algo que se vaya a producir de manera espontánea. El liderazgo del presidente Aznar ha servido de catalizador para una toma de conciencia del papel de nuestro país en la escena internacional, pero que se sostenga esa nueva visión entra de lleno ahora en la agenda del candidato Mariano Rajoy. O debería.

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