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La emboscada como método

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Una de las principales sorpresas de la Guerra de Irak fue la presencia de unidades de guerrilla dedicadas al sabotaje de las líneas de comunicación a lo largo de las rutas hacia Bagdad. Se pensaba que estas unidades se encontrarían en las grandes ciudades, preparadas para realizar una defensa numantina. Pero, ni estaban allí, ni nadie resistió. El país cayó en un tiempo record, pero aquellas unidades siguen operativas.

El fenómeno no es nuevo. Tras cuatro guerras perdidas los dirigentes palestinos abandonaron toda esperanza de derrotar a Israel por medios convencionales y ensayaron conscientemente una combinación de acciones de guerrilla con terrorismo. Era la aplicación de las estrategias asimétricas. Los iraquíes no han sido capaces de resistir la invasión norteamericana, sus Fuerzas Armadas desaparecieron antes de entrar en combate y las selectas tropas de la Guardia Republicana apenas si pudieron ocasionar unas pocas bajas al enemigo antes de sucumbir. Sólo les queda seguir la senda abierta por sus camaradas palestinos.

Pero Iraq no es un país unificado y la resistencia armada no está presente en todo el territorio. Por ahora la gran mayoría de los atentados han ocurrido en la zona central, en el área de mayoría sunita, el grupo social que ha ostentado el poder desde que el Reino Unido diera forma a este estado, al que pertenece Sadam y en el que ha basado su gobierno dictatorial. Los responsables de estos actos violentos rechazan tanto la presencia norteamericana como el orden político naciente. En un sistema democrático su 20% aproximado de población no podrá seguir controlando la nación y tendrán que sufrir la hegemonía de aquellos a quienes han sometido cuando no aplastado. Por ello, tratan de convertir en un infierno la estancia de las tropas americanas en suelo iraquí, con la esperanza de que, como ocurriera en Somalia, la opinión pública estadounidense exija su vuelta inmediata y el proceso político se interrumpa. Sólo así podrían recuperar el control del país.

No parece haber una resistencia organizada, sino un conjunto de grupos que actúan con autonomía: restos del baasismo, militantes islámicos extranjeros, mafias de delincuentes y, en el sur del país, milicias chiítas listas para aumentar sus actividades si sus dirigentes considerasen que el proceso en curso no responde a sus intereses.

Los EE.UU. emplearon tiempo para preparar la reconstrucción, pero es evidente que sus planes no eran los apropiados. La mejor estrategia para contener el terrorismo es una combinación de aislamiento político y eficacia policial. Es urgente capturar a Sadam Husein y al resto de dirigentes huidos, para desanimar a los que confían en su vuelta al poder; el proceso constitucional y la reconstrucción económica deben acelerarse; y es necesario dar seguridades a la población para que confíen y pongan en práctica las nuevas instituciones. En la fase actual las acciones de emboscada pueden encontrar en el ambiente de humillación nacional el mejor caldo de cultivo para granjearse el apoyo de las masas.

GEES: Grupo de Estudios Estratégicos.

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