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La estela de Bin Laden

Al cumplirse el primer aniversario de la eliminación de Osama Bin Laden nos podemos preguntar si su muerte contribuyó a ahogar el modelo terrorista de Al Qaida y a frenar el desarrollo de sus filiales.

GEES
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Al cumplirse el primer aniversario de la eliminación de Osama Bin Laden nos podemos preguntar si su muerte contribuyó a ahogar el modelo terrorista de Al Qaida y a frenar el desarrollo de sus filiales.

En un análisis rápido, y más cualitativo que cuantitativo, podemos afirmar que su modelo lamentablemente perdura. Y ello es así no sólo porque el noruego Anders Behring Breivik haya evocado en estos días en su juicio a Al Qaida como una de las inspiradoras de su siniestro ataque en Oslo y en la isla de Utoya, sino porque la dispersión de las franquicias y de los emuladores –individuales y colectivos– de la red es mayor que nunca. El epicentro de Afganistán-Pakistán sigue siendo activo, aún cuando formalmente Afganistán no sea ya la base de Al Qaida que era. Lo cierto es que ‘Al Qaida central’ está instalada en Pakistán y, aunque supuestamente acorralada, allí sigue y sin visos de poder ser extirpada. En cuanto a los esfuerzos individuales ningún ejemplo mejor que el de Mohamed Merah. Eliminado por la Policía Nacional francesa tras 30 horas de asedio a su domicilio marsellés, Merah había creado una enorme alarma social con el asesinato de siete personas, tres de ellas niños. No hace falta que haya muchos terroristas de su perfil –sea ‘lobo solitario’ o no– para mantener viva la llama del yihadismo salafista.

En cuanto a la dispersión geográfica, objetivo central de Bin Laden y de quienes le han sobrevivido, ningún ejemplo mejor que el continente africano. Si en los noventa el terrorismo yihadista se concentraba en el norte de África, y a partir de 1998 se empieza a hacer visible en la parte oriental del continente, hoy la proyección es imparable hacia el sur, superando la franja del Sahel y haciéndose endémica en el país más poblado: Nigeria. Y todo ello sin abandonar el otro escenario privilegiado que es el Cuerno de África. Las seis personas asesinadas en las localidades nigerianas de Kaduna y Abuya, el 26 de abril, son las últimas muertes inventariadas producidas por Boko Haram. En realidad, este grupo surgido en 2002 siguiendo la estela de Al Qaida y la revigorización terrorista del 11-S ha asesinado a cientos de personas, manteniendo el foco en una de sus especialidades: matar cristianos. Boko Haram sigue además la estela de Al Qaida en términos de vertebración terrorista: la establecida con el también letal Al Qaida en las Tierras del Magreb Islámico (AQMI) está más que demostrada.

El Magreb y el Sahel son los otros escenarios del Yihad guerrero –contaminando la región de los Tuareg, el Azawad en el norte de Malí, una causa histórica hoy manchada por el yihadismo– a añadir al erial somalí: a quienes habían cantado victoria sobre el debilitamiento de Al Shabab los ataques suicidas contra el Palacio Presidencial (5 muertos el 14 de marzo) y contra el Teatro Nacional (6 muertos el 4 de abril), ambos en Mogadiscio, les ha hecho volver a la cruda realidad.

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