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La gravedad del Katrina

Las sufrirán los Estados Unidos en primer lugar y el resto del mundo después, aunque sólo fuera porque una mella de envergadura en la locomotora de la economía mundial y única fuerza de orden en el sistema internacional no deja a nadie incólume

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La exhibición mediática de la tragedia humana ha tendido a difuminar la las consecuencias del huracán Katrina. La tragedia consiste en los daños sufridos por los afectados, vivos o muertos. Una ciudad de medio millón de habitantes convertida en un lugar inhóspito, desertizado de la noche a la mañana, en el país más poderoso y avanzado de la tierra es una catástrofe que habla por si misma. Las consecuencias, en grado diverso, pueden ir mucho más allá de los directamente damnificados. Las sufrirán los Estados Unidos en primer lugar y el resto del mundo después, aunque sólo fuera porque una mella de envergadura en la locomotora de la economía mundial y única fuerza de orden en el sistema internacional no deja a nadie incólume.
 
Se ha visto de manera inmediata en los precios del petróleo. A estas alturas los que van más allá de los titulares de prensa ya saben que una buena parte de la producción petrolera americana, de su capacidad de refine y de su actividad importadora se localiza en el golfo de Méjico, en las zonas devastadas por el huracán. Era lo que faltaba. El oro negro lleva tres años subiendo porque la demanda aumenta y la oferta está a tope, mientras que las nuevas inversiones destinadas a expandirla tardarán años en incrementar la producción. Los expertos dicen que las alzas contienen ya un premio en previsión de los múltiples riesgos políticos a los que se ve sometida la industria extractiva en países inestables. Pero no habían tenido en cuenta un desastre natural de esta magnitud. Y, claro está, no importa en qué punto geográfico se produzca una nueva merma de la oferta. El mercado es mundial y el precio compensatorio del desequilibrio se extiende rápidamente por todo el planeta.
 
Los desembolsos de las aseguradoras, la atención a los que todo lo han perdido, la reparación de las infraestructuras y la reconstrucción de la ciudad absorberán cantidades importantes de capital. Las ayudas federales aprobadas son ya un cierto golpe a las expectativas de disminución del déficit fiscal. Y como en el caso de Irak, hay que contar con que esos 55 millardos no son más que el comienzo, si bien, a diferencia de la guerra, las inversiones en reconstrucción tienen retornos económicos inmediatos y no representan mucho sobre el enorme volumen de la economía americana. Una caída del 0’6% en la bolsa de Nueva York puede tener un impacto similar.
Una idea de la magnitud de lo sucedido la da dificultades para evaluar los daños. En contra de la hipérbole sensacionalista, lo peor no ha tenido lugar. Los diques que encauzan el Misisipí no han saltado. El río drena todo el midwest, el inmenso territorio de la gran pradera que se extiende de los Alleghany hasta las Rocosas y las barcazas que recorren toda su cuenca transportan un volumen de mercancías superior a las autopistas y ferrovías de todo el país. Se trata de mercancías de baja relación entre peso y valor. Cualquier otro sistema de transporte las encarece de forma prohibitiva. Se trata de más de 50 millones de toneladas en ambas direcciones, descendente y ascendente. No hay alternativa al transporte fluvial.
 
Nueva Orleáns puede ser en estilo y costumbres una reliquia del pasado, una ciudad lúdica, más pobre y menos dinámica de lo que cabe esperar de un emporio tan decisivo para la economía americana. Desde el punto de vista de su propia seguridad física se emplazamiento es absurdo, rodeada de agua por todas partes y por debajo del nivel del mar. Desde un punto de vista geoeconómico y geoestratégico es una ciudad decisiva e insustituible. Los cincuenta kilómetros de muelles a lo largo de las dos orillas del gran río en su artificial, y por tanto, antinatural, desembocadura son vitales para la economía americana. Básicamente no han sido destruidos. El principal problema es traer de nuevo a los que los hacen funcionar. El retraso en ese relanzamiento de una actividad económicamente esencial será la verdadera medida del impacto del desastre natural.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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