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La hora de Alemania

Alemania parece haber llegado a una conclusión: o se cumplen los tratados o se hacen cumplir. Sólo hay una salida: que permanezcan en el euro los que puedan seguir en él.

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Como en un chiste, va Merkel y le dice a Zapatero: "Tengo dos noticias, una buena y una mala". Primero la buena, responde éste. "Hemos decidido hacerte caso y adoptar las sanciones que propusiste al empezar tu presidencia europea". Muy bien; ¿y la mala? "Que tienes un año si no quieres que te expulsemos del euro".
  
Mientras se volatiliza la UE, Alemania surge como único defensor de la ortodoxia jurídica y económica. Ya el Tratado de Lisboa, contrariamente a la interpretación que se ha vendido, y como ya se apuntaba la semana pasada, constata la paralización de la UE y la renacionalización de las políticas, pero la querencia a saltarse los tratados llega hoy a niveles insospechados. Así, se lleva mes y pico haciendo como que se discute el rescate de Grecia cuando el artículo 123 del Tratado de Funcionamiento de la UE y el 21 del Estatuto del BCE lo prohíben. Cierto, los tratados pueden cambiarse. Pero la modificación que se vislumbra es otra, y viene determinada por la triple crisis económica.

Hay una primera crisis financiera en los Estados del euro –no sólo, también en economías tan esenciales como la americana o la británica– provocada por un exceso de deuda, causado por el rescate de los bancos y los llamados planes de estímulo que sustituyeron al debilitado crédito privado. Sobre esta se superpone otra, la segunda, menos coyuntural, que es la del Estado del bienestar, o del despilfarro público, generada por las ineficiencias de innumerables sujetos públicos a los que hay que añadir el decrecimiento demográfico que afecta dramáticamente el gasto en pensiones. Lo que se deduce de ambas es que la premisa de la espiral de gasto –que los Estados no pueden quebrar–, era mentira.

Por fin, tercera calamidad, que no es ocioso recordar: la burbuja económica estalló porque los tipos, habiendo sido excesivamente bajos, generaron inversiones ineficientes. Llámense derivados o ladrillos, esto es secundario. Por razones políticas, se ha decidido resolver la cosa manteniendo los tipos a un nivel cero en Estados Unidos y al 1%, en la zona euro. Resulta que los tipos de interés son como las manzanas, existen en la realidad, no son una ficción. Son el precio que hay que pagarle al que tiene el dinero por no gastárselo hoy, que es cuando le apetece, para que demore su disfrute. Pero gracias a la simbiosis política de los bancos centrales con los políticos, no siempre coincide con lo que mandaría el mercado. Es decir, no sólo nos hemos empeñado, sino que es probable que lo hayamos hecho en gastos superfluos.

¿Qué hacer? Para algunos –no entre los más tontos, pero sí los más descarados, la ministra francesa de Economía– ha de prevalecer de nuevo la política. Ha tenido el valor de decirle a los alemanes que es su exceso de ahorro y la falta de demanda interna lo que impide salir de la crisis. C’est magnifique, mais ce n’est pas de l’économie!
 
Pero lo que esto evoca es que el problema económico es una broma comparado con sus consecuencias políticas: Alemania no quiere asumir el gasto de un rescate y el mando que ello conlleva porque tiene miedo de ejercer ese poder, y porque su lozanía tampoco es tanta. Y es de suponer que no serán muchos los que quieran entregar, mucho menos por la vía de hecho, la soberanía presupuestaria, núcleo esencial teórico de las democracias parlamentarias, en manos de un directorio en Bruselas o Berlín. Esto tendría repercusiones difíciles de evaluar. Algo de ello se ve ya en Grecia.
 
Así que Alemania parece haber llegado a una conclusión: o se cumplen los tratados o se hacen cumplir. Sólo hay una salida: que permanezcan en el euro los que puedan seguir en él, y lo demuestren habiendo hecho sus reformas en un año, y que salgan los demás. ¿Es esto lo que nadie está diciendo pero todo el mundo ha asumido ya en Bruselas? Pues que salga el presidente de turno y lo explique, si es que se ha enterado de algo. Basta de despotismo.

Menudo viaje de dos años vulnerando todas las reglas, económicas y jurídicas, para acabar concluyendo que hay que seguirlas.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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