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La inaplazable reforma

deberían dar mayor participación en el proceso de adopción de decisiones a quienes más contribuyan

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"A mano alzada, ¿Quién sería partidario de que Estados Unidos tuviera dos votos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas?" Perplejidad absoluta y ni una. "¿Y tres?, ¿y cuatro?" Desolación y mutismo.
 
Las preguntas las planteó hace pocas semanas John Bolton, de quien se habla como próximo número dos de Condolezza Rice en el Departamento de Estado, en una reunión internacional cerca de Venecia, del tipo de la de Davos, no menos importante aunque mucho menos conocida.
 
Aunque los asistentes creyeran, quizás, discernir síntomas de demencia en el demandante, éste estaba, en realidad, demostrando ser un oasis de cordura en el mundo de locos en el que vivimos, pues esas preguntas son el comienzo de toda sabiduría cuando se piensa en adaptar Naciones Unidas a las realidades del mundo de la posguerra fría y la monopolaridad.
 
No parece que se las hayan hecho, sin embargo, los sabios del "grupo de alto nivel sobres las amenazas, los desafíos y el cambio", designados por Kofi Annan, el cual el pasado 1 de diciembre recibió el informe elaborado por el panel bajo el título de "Un mundo más seguro: la responsabilidad que compartimos", por más que hayan rozado el tema cuando dicen en su documento que "las reformas del Consejo de Seguridad...en cumplimiento del Artículo 23 de la Carta...deberían dar mayor participación en el proceso de adopción de decisiones a quienes más contribuyan...especialmente en cuanto a las cuotas para el presupuesto". Puesto que EEUU paga el 22% quizás deberían disponer de parecido porcentaje de votos, pero nada de eso se plantea a continuación.
 
La cosa sin embargo va más allá de la aritmética presupuestaria y concierne al espíritu mismo que infunde la Carta de la ONU. Partiendo del supuesto de que carecía de todo realismo dotar del mismo poder en el seno de la Organización a Luxemburgo y a Estados Unidos, a China y a un diminuto archipiélago del Pacífico, se consideró originariamente que sería bueno para los fines del cuerpo internacional reconocer la desigualdad concediendo privilegios especiales a los grandes, de manera que pudieran estar siempre presentes en todas las tomas de decisiones y proteger sus intereses o simplemente su voluntad contra cualquier mayoría hostil. De ahí que los cinco más poderosos del momento gozasen del status de miembros permanentes del Consejo con derecho de veto.
 
Si se aplicase hoy ese realismo, habría que reconocerle a los Estados Unidos un poder diferencial en el Consejo que guardase proporción con la realidad de su poder en el mundo. ¿Alguien se toma la reforma de las Naciones Unidas lo suficientemente en serio como para proponerlo? No, desde luego, los sabios del Secretario General, por más que muchas de sus propuestas sean razonables y sensatas.
 
No se trataría tanto, como en la boutade de John Bolton, de otorgarle varios votos al gigante americano, sino más bien de dejarlo como el único con veto. Y más allá de ello, asegurar que el sistema en pleno, paradigma de "multeralismo ineficaz –véase Darfur como botón de muestra entre miles–, no halle su única eficacia en el intento de paralizar la acción de los que quieren hacer cumplir resoluciones, cubriéndolos de oprobio y bombardeándolos con viles acusaciones de ilegalidad por parte de aquellos que las aprueban con el fin de que queden minuciosamente catalogadas en el limbo de la retórica y la vacuidad.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos

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