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La insoportable levedad griega

Todo ese no saber qué hacer con Grecia, o no acertar en lo que se hace resalta vivamente las deficiencias de los mecanismos institucionales europeos. Grecia, al menos, ha servido de lección. ¿La habremos entendido correctamente y sabremos aplicarla?

GEES
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Si por sus pequeñas dimensiones económicas y la desmedida magnitud de sus problemas había un país al que se podía y convenía dejar caer, ese era Grecia. Tras los angustiosos esfuerzos de rescate y la lucha a brazo partido con gobiernos y población para que se cumpliesen las duras pero indispensables medidas para recortar el gasto, reducir el déficit, ir pagando las deudas y consiguiendo más crédito, la situación es mucho peor para el país y para el club económico al que pertenece y su moneda común. No es ya que la expulsión de un miembro no estuviera prevista, de por sí un peliagudo problema, sino, peor aún, lo que no estaba previsto es una crisis como con la que nos enfrentamos.

No podemos estar seguros de qué será mejor para el conjunto de Europa y la moneda común a la que ha vinculado su destino, si extirpar el tumor griego o someterlo a una brutal quimioterapia que muchos en el país no aceptarán sea cual sea el resultado de las elecciones. Si los griegos se argentinizan en condiciones ya peores que Argentina en el 2002 y con menos riquezas naturales, se convierten en unos parias internacionales con una enorme deuda que se niegan a pagar y pierden entre el 60 y el 80% de su nivel de vida anterior a la crisis, lo cual es verdadera pobreza. Si se quedan, siguen siendo ayudados pero tienen que pagar y de inmediato los sacrificios preceptivos no son mucho menores que los que tendrían que asumir en solitario, aunque es de esperar que la salida del agujero sea mejor y menos lenta, aunque también va para largo. En uno y otro caso muchos tendrán que emigrar, pero en el segundo Europa estará más cercana y será más acogedora.

Si Grecia se queda, seguirá siendo una rémora para Europa, planteando un problema tras otro, los cuales pesarán sobre la solución de otros más importantes. Habrá que seguir rescatándola, darle una quita todavía mayor, es decir, haciéndoles perder más a los acreedores, aumentando la desconfianza, propiciando la especulación mientras que la recuperación de lo prestado se aplaza ad kalendas helenas. Si se va, es el comienzo del desmoronamiento del euro. El euro es mortal, pero una pequeña herida no tendría por qué matarlo. Puede que la salida sea un alivio y resulte contenible, pero nadie puede estar seguro, si bien muchos crean estarlo de todo lo contrario, de que la pequeña grieta abierta en la moneda común la dinamitará en poco tiempo. A Grecia se la ayudó para evitar el contagio, la recesión y la ruptura del euro, pero los dos primeros se han producido y hay posiciones encontradas sobre lo que sería mejor para evitar la tercera.

Todo ese no saber qué hacer con Grecia, o no acertar en lo que se hace resalta vivamente las deficiencias de los mecanismos institucionales europeos. Grecia, al menos, ha servido de lección. ¿La habremos entendido correctamente y sabremos aplicarla?

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