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La inteligencia bajo sospecha

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Las declaraciones del jefe de inspectores de la CIA, David Kay, a distintos medios de comunicación y su testimonio ante la Comisión correspondiente del Senado han desatado un fuerte debate entre la clase política y los analistas norteamericanos sobre el estado en el que se encuentran sus servicios de inteligencia.
 
Para unos, los más moderados, se ha puesto de manifiesto el alto nivel de incompetencia a que se ha llegado tras los cambios realizados después de la Guerra Fría. En su perspectiva, la comunidad de inteligencia norteamericana no ha sido capaz de adaptarse al nuevo entorno de seguridad y los fallos se han ido sucediendo, haciendo evidente su incompetencia. La responsabilidad no sería exclusiva de los agentes y de sus superiores, aunque sobre ellos recaería la mayor parte, sino del conjunto de la clase política. El sueño de que una red compuesta por sofisticados sistemas de interceptación, comunicaciones e información, organizados en potentes bases de datos, podría suplir al paciente y arcaico trabajo de la clásica inteligencia humana se ha desvanecido. Una cosa no quita la otra. Es más, la tecnología pone a nuestra disposición ingentes cantidades de datos que requieren ser tratados con celeridad por analistas muy bien formados.
 
Tras el 11-S se puso de manifiesto que los servicios tenían información sobre el sorprendente interés de islamistas por aprender a volar y no se hizo nada, peor aún, se impidió a algunos agentes actuar. Llegaron a disponer de datos sobre la inminencia del ataque, a través de la interceptación de comunicaciones, pero la lentitud a la hora de traducir y analizar la información la convirtió en inútil. Kay, un destacado miembro de la comunidad de inteligencia, ha puesto el dedo en la llaga sobre el fracaso a la hora de evaluar las capacidades iraquíes en el terreno de las armas de destrucción masiva. Se habían especializado en dar apoyo a los inspectores de Naciones Unidas durante los años en que estuvo activa la UNSCOM. Ésta acabó convirtiéndose en la responsable de ejecutar la inteligencia humana. Fuera de servicio desde 1998, la CIA perdió capacidad de información y tuvo que avanzar fiándose sólo de lo que fuentes iraquíes le proporcionaban —incluida desinformación de los servicios iraquíes o datos falsos a gusto del consumidor a cambio de dinero— y de sus sistemas de alta tecnología. El resultado está a la vista. Como Kay ha señalado, los programas seguían en marcha, aunque no se producía en grandes cantidades. Los investigadores disponían de dinero para mejorar el armamento, pero era tal el grado de descomposición del régimen que una buena parte se iba a los bolsillos de los responsables científicos. La CIA en ningún momento llegó a intuir lo que realmente estaba pasando.
 
Para otros, los más radicales, la comunidad de inteligencia norteamericana no sólo no es un instrumento útil para cumplir sus cometidos específicos, es en sí un problema más. Su incapacidad para hacer frente a las amenazas de seguridad sumada a sus erráticas evaluaciones confunden a políticos y analistas y pueden provocar graves daños a los intereses nacionales.
 
Ya sean unos u otros los que están más cerca de la verdad, lo cierto es que en la lucha contra las organizaciones que practican el terrorismo el instrumento más útil de que disponen los estados son los servicios de información e inteligencia. Cuando la amenaza es global la respuesta también tiene que serlo y entonces los servicios deben actuar formando redes y con el imprescindible apoyo de la diplomacia. Es responsabilidad de todos, por puro interés y por deber ciudadano, cuidar del funcionamiento correcto de nuestras comunidades de inteligencia. En Estados Unidos el debate gira sobre sus aspectos más básicos. Creen que parte del problema reside en no haber vigilado durante años la selección y formación de sus recursos humanos. Una empresa son sus hombres. De su capacidad y formación dependerá la habilidad de las respectivas agencias. Ahora se recuerda que, a diferencia de otros servicios de la Administración como la diplomacia o las Fuerzas Armadas, la CIA ha sido poco exigente a la hora de escoger a sus futuros agentes. Lo importante era su vocación. Si los servicios británicos se han nutrido tradicionalmente de miembros de las elites, sus equivalentes norteamericanos han optado por el “pueblo sano”. Nadie duda de su lealtad, pero su escasa capacidad está a la vista.
 
En el futuro inmediato nuestra dependencia del trabajo de los servicios de información e inteligencia crecerá. Todos debemos preocuparnos por que la selección de los futuros agentes sea la adecuada. No sólo tienen que ser personas fiables, deben ser competentes, capaces de responder a los complejos problemas que les esperan. Igualmente, su formación continua tendrá que cuidarse con esmero. Si queremos contar con gente de calidad tendremos que hacer más atractivo su trabajo. Para empezar, no estaría de más que el PSOE deje de jugar con estos servicios para ruines maniobras. Si queremos disponer de una buena comunidad de inteligencia lo primero es dotarla de la dignidad y el respeto que su alta función merece.

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