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La lógica de la era nuclear

Decididamente preferible que las tengan los occidentales a los rusos e incluso éstos respecto a los chinos

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Bernard Brodie, uno de los primeros y más importantes pensadores del impacto estratégico de lo que él mismo llamó el “arma absoluta”, dijo que lo más importante del nuevo ingenio explosivo consistía en su mera existencia. De ella, en efecto, se derivan transcendentales corolarios. Pero una vez que ya está entre nosotros, lo realmente decisivo es que no puede ser desinventada. Tenemos que convivir con la bomba al menos hasta que exista un gobierno mundial efectivo que controle su eliminación de forma absolutamente segura, lo que no se ve a la vuelta de la esquina. Mientras tanto nos va la vida en desarrollar las reglas de esa convivencia de la manera más sabia y prudente posible. Un simulacro de desarme con la ausencia de garantías que caracteriza el pretencioso pero paralítico multilateralismo actual, no haría más que empeorar enormemente las cosas, proporcionando ventajas sin límites a los más desaprensivos y carentes de escrúpulos.
 
Si los prejuicios ideológicos no le estultifican a uno hasta el punto de convencerse de que Bush no es mejor que Sadam o Ben Laden, o le llevan a la suprema necedad de preguntarse, en un alarde de coherencia suicida, por qué los americanos sí y Kim Jong Il o los ayatolás no, habrá que concluir que la clave reside en qué manos se encuentre el mortífero poder. Después vienen las reglas, para gestionar la insatisfactoria realidad. Mejor en manos de potencias democráticas que totalitarias o incluso autoritarias, mejor en manos de amigos que de enemigos, mejor en poder de estados “normales” por imperfectos que sean, que poseídas por estados forajidos o por bandas de terroristas.
 
No nos inquietan las armas británicas o francesas, excepto que las últimas hacen a nuestros vecinos un poco más altivos a expensas de los demás. Decididamente preferible que las tengan los occidentales a los rusos e incluso éstos respecto a los chinos. Cuando el irracionalismo progre se preocupaba en la guerra fría del poder nuclear americano lo hacía por temor a la reacción a la que los pobrecillos soviéticos podrían verse obligados. Incluso para un árabe, aunque no se atreva a decirlo y lo que es peor a pensarlo, más vale que las tenga Israel que Siria, y que Sadam nunca pueda ya hacerse con ellas pone punto final a una espeluznante pesadilla.
 
Más tranquilos estaríamos si Pakistán y la India renunciaran a ellas, pero teniéndolas los chinos es lógico que la India las quiera. Lo malo es que esa lógica vale para todos. En primer lugar para japoneses, taiwaneses y surcoreanos, especialmente si los coreanos del Norte, con un régimen record mundial de la abominación política, las desarrollan. La cuestión no es si un país se siente más seguro poseyéndolas, especialmente si consigue un cierto grado de exclusividad respecto a sus vecinos inmediatos o alcanza con ellos una paridad hasta entonces inexistente. La cuestión es si la seguridad del mundo mejora si todos hacemos lo mismo.
 
El Tratado de No Proliferación, uno de los pilares del orden mundial, o de lo que en el mundo haya de orden, es confesadamente discriminatorio, concede ciertos privilegios a cinco potencias que son las mismas que tienen asiento permanente y veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El tratado no las deja en absoluto exentas de obligaciones y lo cierto es que desde que se firmó en 1970 el arsenal nuclear mundial no ha dejado de disminuir, compuesto ahora por menos de la tercera parte de las armas que entonces existían. La inmensa mayoría, la casi totalidad de los estados del mundo lo han firmado, consagrando legalmente el privilegio de los cinco, no por pleitesía sino en la convicción de que eso mejora su seguridad.
 
El tratado experimenta dificultades. Su última revisión, el pasado mayo, terminó en fracaso. Cómo acomodar a India y Pakistán es un problema. Corea del Norte e Irán lo son mucho más. Pero también lo es la realidad obvia pero indecible de que los privilegios nucleares, como los del Consejo de Seguridad, no reflejan las realidades de poder de hoy día. Hay uno que hace mucho más por salir al paso de las situaciones peligrosas que todos los demás juntos. Lo hace por su interés, pero favorece a todos excepto a aquello a quienes les para los pies. Una política basada en limar el poder de la hiperpotencia, tratando esencialmente de aumentar el costo de sus actuaciones deslegitimándolas de antemano, en la esperanza, al menos por parte de los más realistas, de que su excedente de poder es tal que siempre le restará el suficiente para sacarnos las castañas del fuego si las cosas vienen mal dadas, es una política peligrosa y puede ser altamente irresponsable.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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