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La no-fly-zone

Libia, ciertamente, no es Irak, pero si este levantamiento contra Gaddafi se cierra en falso, con el retorno del control del dictador, será como en Irak, algo temporal que nos acabará estallando en las manos.

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Libia cuenta ya con una zona de exclusión aérea: la que se han auto–impuesto los aliados de la OTAN al negarse cualquier intervención militar directa en favor de los opositores al coronel Gaddafi. Con cada hora que los miembros de la Alianza Atlántica se demoran en tomar una decisión sobre qué hacer con Libia, más difícil se lo están poniendo ellos mismos para adoptar cualquier tipo de medida, pues el balance militar no deja sino empeorar para los sublevados y de mejorar para Gaddafi y sus secuaces. La caída ayer de Marsa el Brega puede que haya sido el punto de inflexión que despeja tanto el camino a Bengasi como el futuro del dictador libio.

Tal vez algún día lleguemos a saber las razones últimas de por qué los aliados no levantaron un dedo en apoyo de cuantos se levantaron en contra de un régimen que ha instigado el terrorismo internacional, que ha perseguido dotarse de armas de destrucción masiva y que ha dado repetidas pruebas de que no podía volverse aceptable para ningún demócratas con escrúpulos. Pero de momento, la inacción occidental no ha hecho sino revivir la tragedia que sacudir el sur de Irak en 1991, cuando las tropas de la coalición internacional y los líderes políticos americanos dejaron que Saddam masacrara impunemente a decenas de miles de iraquíes shiís, levantados contra Saddam porque creyeron que las democracias no se detendrían en la frontera de Kuwait. Pero las mismas democracias en las que confiaron, sí se detuvieron en suelo iraquí e hicieron la vista gorda a la ira del carnicero de Bagdad.

La guerra del Golfo de 1991 no acabó aquel año, sino que se prolongó hasta la nueva intervención de 2003. Libia, ciertamente, no es Irak, pero si este levantamiento contra Gaddafi se cierra en falso, con el retorno del control del dictador, será como en Irak, algo temporal que nos acabará estallando en las manos: ni Gaddafi ni los rebeldes pueden fiarse de nosotros y lo saben. Los últimos para su desdicha, el primero para su venganza.

Y mientras el drama busca su desenlace en suelo libio, nuestra ministra de exteriores parte de gira medioriental ¿para hablar de qué? En Cairo, ante un secretario de la Liga Arabe que acaba de anunciar que "más vale una intervención tarde que nunca", Trinidad Jiménez ha dicho solemnemente que "España cumplirá con sus obligaciones". ¿Pero cuáles son esas obligaciones de acuerdo con el actual gobierno? De las diversas manifestaciones de los últimos días, lo que digan los otros, siendo esos otros los americanos, en primer lugar (a quien la misma Trinidad ofreció con ardor guerrero el uso de las bases); luego los aliados de la OTAN (según la aliada de defensa Carmen Chacón; en tercer lugar, los países de la Liga Arabe; y, finalmente, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Lo que España deba o vaya a proponer en todos esos foros se desconoce. Como tantas veces bajo Zapatero, acabaremos por aceptar aquello con lo que creamos contentar a nuestros socios, porque intentar hablar de intereses nacionales con alguien que no cree en la nación, se ha vuelto del todo absurdo. Ni Zapatero ni nadie de su gobierno tiene estrategia porque todo se acaba reduciendo a lo táctico y a la política del corto plazo y de la foto.

Es una verdadera pena que quienes se han expuesto en Libia para acabar con un enemigo que también es el nuestro, a pesar de su generosidad con muchos personajes de la vida pública europea y hacia una variedad importante de compañías occidentales de todo tipo, no hubieran visto que nadie de eso que llamamos el mundo liberal y democrático querría asumir el mismísimo riesgo, político, económico y militar, por ayudarles en su causa. Que es la nuestra.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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