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La nueva izquierda

Attali, como tantos otros socialistas, defiende hoy políticas liberalizadoras para revivir a una sociedad adormecida.

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Uno de los lugares comunes de las cotidianas conversaciones entre españoles, sean liberal-conservadores o incluso socialistas, es el cómo Zapatero y sus compañeros han llegado a hacerse con el control del Partido Socialista y a gobernar España. Creemos que nos merecemos algo muy distinto y, sin lugar a dudas, mejor. No acabamos de asumir que gente como Pepiño o Caldera estén donde están, ni que Moratinos vaya por el mundo de desafuero en desafuero, poniendo a España en ridículo.

Si alguien quiere conocer la respuesta, ahora lo tiene fácil: lea el Informe que Jacques Attali ha presentado al presidente Sarkozy en su calidad de presidente de la Comisión creada para la reforma económica. En realidad, lo de menos es el Informe. Son propuestas liberalizadoras para un país cuya economía se encuentra agobiada por un Estado entrometido e ineficiente, valga la redundancia. De todos es sabido que Francia ama al Rey-Sol y su despotismo, tanto que aquellos presupuestos sobrevivieron a la Monarquía Absoluta y frenaron la penetración de la filosofía liberal. Los franceses aman la libertad, pero encargan al Estado que la administre.

Lo de más, lo que es relevante, es que sea Attali quien señala a Sarkozy cómo liberalizar la economía francesa. Uno de los consejeros de Mitterrand en el intento de establecer una economía socialista en Francia, frustrado a la vista de los primeros resultados, es ahora quien presiona al presidente para que vaya más allá y más deprisa.

No es un problema personal de Attali. No es un converso ni la versión francesa del neocon. Es, sencillamente, un auténtico socialista francés. Alguien que ha recorrido el camino desde la Segunda Guerra Mundial al derribo del Muro y la crisis del Estado del Bienestar. Un testigo del fin de un programa político de trasformación social. La década de los noventa asistió a la muerte de la socialdemocracia. Ni había dinero para seguir aumentando las prestaciones sociales, ni era moralmente justificable, ni bueno en términos políticos. Más aún, su legado era un Estado ahogado por el gasto público que generaba paro y que había llevado a los ciudadanos a una atonía moral. Se vivía para consumir y disfrutar de los más largos períodos de vacaciones conocidos en la historia de la humanidad. Rememorando a Francisco Silvela, Francia estaba "sin pulso". Attali, como tantos otros socialistas, defiende hoy políticas liberalizadoras para revivir a una sociedad adormecida.

Ante la crisis de la socialdemocracia surgieron distintas alternativas. Blair supuso el primer intento, centrado en una vuelta a los valores, en la defensa de la libertad, en la profundización de la democracia. Escuchando al premier británico rememorábamos los grandes momentos de William Gladstone y de tantos otros reformistas británicos, a los que el Reino Unido tanto debe. Zapatero ha optado por el camino contrario: el relativismo, la negación de los valores universales, la capitalización del ancestral odio a la libertad, a la democracia y a las religiones, siempre de la mano del antisemitismo. Esa es su gran obra. Esa su aportación a la construcción de la nueva Europa. Zapatero es un símbolo, nadie se lo va a discutir, de la reinterpretación de lo que la izquierda puede ser en el siglo XXI. Frente a la "alianza de los civilizados" la "Alianza de las Civilizaciones"; frente a los valores universales, la cesión ante los radicalismos; frente al respeto a la libertad religiosa, el fundamentalismo laicista. Reconozcámoselo, se ha ganado un sitio en la Historia.  Alguien tenía que capitalizar todos esos impulsos negativos y destructivos y quién mejor que él, que tan interiorizados los tiene.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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