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La OTAN se congela

Si la OTAN no logra ponerse de acuerdo sobre cómo consolidar la democracia y la libertad en Afganistán, encajará una terrible derrota.

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Mañana comienza a celebrar la nueva cumbre de la OTAN en Riga, la capital de Letonia. Puede que a muchos en España le suene el tema frío y lejano y aunque los representantes de la Alianza en la capital báltica pasen frío, eso no significa que a los españoles no nos interese cuanto pase allí. Por una sencilla razón: la OTAN está empantanada en sus operaciones en Afganistán y aunque esta cumbre estaba diseñada para otra cosa, seguro que girará en torno al futuro de la OTAN en ese país. Y de lo que se diga dependerá en buena medida el futuro de nuestras tropas desplegadas bajo su mando.

La OTAN se enfrenta a tres problemas internos para encarar su misión de apoyo a la seguridad y la estabilidad en Afganistán. El primero, la falta de voluntad política de algunos de sus miembros para actuar como una organización integrada. Precisamente quienes más han vociferado contra la visión norteamericana de una OTAN como marco para distintas coalition of the willings (franceses y españoles entre otros), se apuntan ahora a que la Alianza no sea más que eso, la formación de coaliciones ad hoc en las que sus actores ponen todo tipo de cortapisas bajo eso que eufemísticamente se viene denominando "caveats nacionales". Según el general Jones, comandante supremo de la OTAN para Europa, los miembros de la Alianza que están en Afganistán han exigido el respeto a ciento veinte restricciones nacionales de las cuales unas 50 afectan claramente a la capacidad operacional de la OTAN. Por poner un ejemplo, una de esas restricciones puestas por nuestro Ministerio de Defensa es que las tropas españolas no salgan nunca de su sector de responsabilidad para contribuir a tareas en otras zonas del país. Eso ha significado, entre otras cosas, que las operaciones más duras de combate contra los talibán y la guerrilla, esencialmente en la provincia sur de Afganistán, han tenido que ser llevadas a cabo por británicos, canadienses, holandeses y norteamericanos. Si de verdad la OTAN quiere seguir existiendo como una organización integrada, debe hacer frente al problema del reparto de la carga en términos operacionales. No aguantará mucho más tiempo si son siempre los mismos quienes ponen su esfuerzo y sus muertos.

El segundo problema tiene que ver con el recorte voluntario en presupuestos y en capacidades que muchos de los aliados han realizado en la última década. Con menos dinero, como hoy se ve incluso para los Estados Unidos en Irak, no se puede hacer más. Se puede gastar mejor, pero es una realidad aplastante que se tiene que gastar más. Hoy los ejércitos occidentales en su práctica mayoría son unos instrumentos capaces de operar sobre el papel, pero no en la práctica, salvo en cantidades homeopáticas. Nuestras Fuerzas Armadas, con 130.000 efectivos, sólo aspiran a desplegar algo más de 2.000 soldados en un momento dado. Esa proporción de usabilidad sólo se mejorará hoy por hoy con más soldados. Y eso requiere más dinero, pero, eso sí, para las partidas apropiadas de desplegabilidad, proyección y sostenimiento de la fuerza en teatros de operaciones. Es decir, para actuar, no para desfilar con sistemas muy lucidos por la Castellana.

El tercer y gran problema reside en que los aliados no tienen hoy una visión estratégica común. Sin aceptar que la lucha contra el terror islámico es una prioridad colectiva, las divergencias a la hora de encarar qué hacer en Afganistán seguirán saliendo a relucir. Habrá países, como el nuestro bajo Zapatero, que prefieran las tareas de ayuda a la reconstrucción sobre la implantación de la seguridad y que, por eso, siempre escojan en primera instancia al representante de la UE o de la ONU sobre el de la OTAN en Afganistán. Otros, como los franceses, aspiran a demostrar, una vez más, lo mal que lo han hecho los norteamericanos, aunque eso suponga echarse a la espalda más problemas.

La OTAN confiaba en tener una cumbre que hablara de un futuro brillante y prometedor. Es de esperar que los burócratas de turno lograrán un comunicado en el que los problemas de fondo queden difuminados y se subrayen las promesas para el futuro. Pero si la OTAN no logra ponerse de acuerdo sobre cómo consolidar la democracia y la libertad en Afganistán, encajará una terrible derrota. Tampoco será una sorpresa. En su primera guerra, la que lanzó voluntariamente contra Serbia bajo las órdenes de Javier Solana, por poco pierde.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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