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La pasividad no es opción

Por encima de todo, cualquier forma de intervención, por ligera que sea, requiere que quede claro que es reclamada por los únicos que pueden legitimarla, los libios, no los organismos internacionales.

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Las cosas están llegando a un punto en Libia en el que hacer sólo declaraciones y enviar barcos para rescatar a expatriados no se sostiene. Quedarse de brazos cruzados ante la creciente cosecha de muertos, cuando no se puede dudar de que un triunfo de Gadafi sería un desastre para Occidente, no va a ser posible si las cosas siguen empeorando sobre el terreno.

De entrada, la victoria de la familia reinante supondría tales represalias que lo que ahora estamos viendo parecería un ligero accidente. Pero quizás pudiéramos cerrar los ojos a cambio de continuar con los negocios energéticos, tan imprescindibles para el libio como para nosotros. Incluso cínicamente podría ser beneficiosa para el mercado de armamentos. Masacres muchísimo peores se han producido durante años en África y otras partes del mundo –Camboya por ejemplo o el inhumano régimen de Corea del Norte– sin que, en algunos casos, ni siquiera nos hayamos enterado. Gadafi se encargaría de ahorrarnos los datos e imágenes más desagradables.

Pero las consecuencias serían devastadores en el mundo de la revuelta árabe. Todas las arriesgadas incertidumbres que suscita el proceso en marcha no justifican que Occidente se alinee por omisión con el statu quo opresivo, pues esa sería la señal que nuestra pasividad enviaría. La habitual denuncia de los islamistas radicales contra el Oeste como factor de corrupción de la pureza islámica ha brillado por su ausencia en todas las protestas. Por mucho que para una parte de los manifestantes pueda ser un silencio táctico, representa una enorme derrota para Al Qaida y sus émulos y un intangible pero inmenso capital para Europa y los Estados Unidos. Es el reconocimiento tácito de la universalidad de algunos de nuestros más definitorios valores y principios. La indiferencia ante la represión violenta e indiscriminada sería vista como hipocresía y traición a lo que proclamamos. Perderíamos toda posibilidad de influir en los resultados, como no fuera preservar a sangre y fuego lo existente.

Pero debemos reconocer que nuestras posibilidades son limitadas y algunas formas de intervención serían contraproducentes. Se trata de oponerse a la violencia sin inmiscuirse, de propiciar resultados decididos por las urnas, en elecciones libres, articuladas legalmente de forma que no puedan significar "un hombre, un voto, una vez", que no conduzcan a la negación de los derechos de las minorías, que no bloqueen la rotación y la alternativa. Los regímenes que ahora caen o se tambalean nacieron hace medio siglo de golpes de estado que prometían lo que ahora se reclama, porque aquellas esperanzas liberadoras fueron inmediatamente secuestradas por sus propios protagonistas. De aquellos fraudes salieron los radicalismos islamistas de las dos últimas décadas, que ahora podrían ahogarse en esa democracia que ellos abominan como régimen blasfemo que afirma el autogobierno de los hombres, en abierta rebelión contra Dios, negando, por tanto, el islam, que significa Sumisión.

Lo máximo que se necesitaría en Libia sería una intervención tan ligera como la que inicialmente se dio en Afganistán, de octubre a diciembre del 2001, pues allí, como aquí, de lo que se trataba era de apoyar a un bando contra otro, no de constituirse en beligerante principal. Por supuesto que Afganistán contiene también una lección desalentadora: lo que viene después. Afortunadamente en Libia cabe esperar que una derrota del bando gadafista supusiese su total desaparición política. Es más, puede que ni siquiera se necesite una victoria rotunda de las armas. Esa perspectiva podría bastar para que se produjese el desmoronamiento del bando oficial, si se acierta a darles una salida a los desertores.

Pero, por encima de todo, cualquier forma de intervención, por ligera que sea, requiere que quede claro que es reclamada por los únicos que pueden legitimarla, los libios, no los organismos internacionales, aunque una posición favorable de la Liga Árabe contribuiría de manera muy positiva. Posiblemente el mayor error americano en Irak fue que teniendo la aprobación de la inmensa mayoría de los árabes chiitas y de los kurdos sunitas –que suman cerca del 80%– no hubieran convocado un referéndum para pronunciarse sobre la invasión. En una revuelta sin cabeza esto puede parecer imposible, pero bastaría que las grandes manifestaciones en las zonas liberadas se declarasen en ese sentido.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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