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La promesa de Obama

Los nubarrones que nunca desaparecen del horizonte iraquí no deben empañar los aspectos positivos del balance. Sólo los iraquíes, no Naciones Unidas, podían legitimar la invasión y derrocamiento del atroz régimen de Sadam, y nunca han dejado de hacerlo.

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En la gradual retirada de tropas que inició, y previamente pactó, Bush, Obama ha querido ponerse una medalla, pero viendo que el horno no está para bollos no se ha atrevido a corearlo mucho. El tope último, acordado con el Gobierno iraquí por la anterior administración, había sido el final del 2011. Obama quiso meter cuchara electoral prometiendo haber retirado para el 31 de este agosto al menos 100.000 militares, dejando una fuerza de 50.000. En esta semana pasada se alcanzó la primera cifra, lo que le ha permitido proclamar que ha cumplido su promesa, declaración que no deja de repercutir en la otra guerra en curso, donde también se ha comprometido con una fecha tope.

Lo que Obama no se ha atrevido a decir es que la guerra haya terminado y que por tanto las tropas que ahora se retiran estaban de sobra. La estrategia de los dos últimos años de Bush invirtió la marcha de los acontecimientos, abortó una salvaje guerra civil en rápido desarrollo y consiguió un cierto grado de estabilidad para el país. El esfuerzo militar del 2007 y el 2008 degradó sustancialmente las fuerzas del enemigo yihadista y redujo el nivel de violencia en un 90%. Pero el 10% que resta respecto a los peores momentos del 2006 significa que no hay día sin muerte por asesinato político y que en los más aciagos reaparecen las masacres, como los 65 de la cola de aspirantes a reclutas de la semana pasada. Y de estabilidad política no mucha cuando cuatro meses después de las elecciones los partidos no han sido capaces de formar gobierno y no se vislumbran perspectivas de que lo consigan.

La expectativa de Obama es que las tropas locales se hagan cargo de lo que queda de guerra con la ayuda, gradualmente decreciente, no sabemos a qué ritmo, de esos 50.000 americanos en armas. El nombre de la misión cambia y se pretende que también su naturaleza, pero lo que no cambia es el carácter de las fuerzas, que en buena parte siguen siendo de combate, poco idóneas para las tareas de entrenamiento a las que se destinan. Las fuerzas locales han alcanzado cifras impresionantes, más de cuatrocientos mil policías, doscientos veinte mil soldados. Numéricamente deberían bastar para dar cuenta de unos pocos miles de terroristas. Pero a pesar de sus mejoras, siguen siendo poco cosa sin los americanos al lado y el tema no puede cambiar mucho en 16 meses. Pueden incluso llegar a ser un peligro y en varios sentidos. Pueden sentir la tentación de sustituir a los incapaces políticos, cuando su propia capacidad está muy lejos de ser demostrada. Pueden fragmentarse con arreglo a las intratables divisorias étnicas que atenazan al país.

Para entonces Obama no podrá eludir la justificación de sus decisiones, porque sus consecuencias se le echarán encima inmediatamente. Si el país vuelve a sumirse en el caos será su culpa. Si se convierte en un apéndice de Irán, el precio a pagar será enorme. Si se transforma en el centro de un conflicto entre vecinos habrá contribuido a empeorar el tenebroso Oriente Medio, con repercusiones inmediatas en toda la nutrida panoplia de problemas regionales.

Pero los nubarrones que nunca desaparecen del horizonte iraquí no deben empañar los aspectos positivos del balance. Sólo los iraquíes, no Naciones Unidas, podían legitimar la invasión y derrocamiento del atroz régimen de Sadam, y nunca han dejado de hacerlo, con todas las reservas que se quiera, lo que es absolutamente lógico dado el intenso odio de kurdos y de árabes chiítas contra el vesánico personaje y todo lo que representaba. Sólo en el fragor de la feroz limpieza étnica barrio a barrio y calle a calle del 2006 llegaron en las encuestas a equilibrarse los que rechazaban de plano o decían que la intervención americana no había valido la pena con los que seguían prefiriéndola, a pesar de todos los pesares. Hoy día, no siquiera entre los árabes sunitas se encuentran encuestados que en números apreciables deseasen volver al pasado. Y ahora, como en todo momento desde el 93, los que dicen que quieren que los americanos se marchen pero sólo después de que la seguridad vuelva a reinar y las cosas se normalicen, son una franca mayoría.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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