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La quiebra de las misiones de paz

Lo que Afganistán nos enseña es que el modelo de misiones de paz bajo el que operaban nuestras tropas está acabado. No hay reconstrucción posible si no hay paz y ésta no puede existir si no se combate a los guerrilleros que la ponen en peligro.

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Aunque parezca mentira no hay todavía una definición clara de qué es una guerra, por mucho que se haya intentado. De esta ambigüedad conceptual se beneficia en estos momentos el actual Gobierno socialista: Afganistán no está en guerra, aunque tampoco se viva totalmente en paz; el Líbano tampoco está en guerra, a pesar de que la paz es precaria; e Irak, por el contrario, sí está en guerra, aunque la violencia provenga esencialmente de actos terroristas.

Rodríguez Zapatero se ha caracterizado por retorcer sin piedad el significado de las palabras en su provecho político. Cabe recordar cómo calificó de accidente el bombazo de ETA en la T-4 de Barajas. Lamentablemente, su actitud parece contagiosa. Hace unos días el actual JEMAD, el general Félix Sanz, dijo que los disparos de fusilería contra nuestras tropas en Afganistán no podían ser calificados de ataques, justo lo que toda la prensa y el principal partido de la oposición decían tras esos nuevos incidentes a los que se vieron enfrentados los soldados españoles.

El episodio del pasado viernes no sabemos cómo será calificado ni por los dirigentes políticos ni por los mandos militares. Se sabe que una sección del ejército español tuvo que solicitar apoyo aéreo de la ISAF para resolver un ataque de talibanes en el que murieron varios efectivos del ejército afgano. No está claro quiénes eran el objetivo de los guerrilleros, si los afganos o los españoles. Pero sí hay una cosa clara: sin el apoyo aéreo de la OTAN con aviones que no son españoles, porque nuestro Ministerio de Defensa no tiene ningún caza desplegado en la zona, el resultado de la acción, ataque o como el JEMAD quiera denominarlo podría haber sido otro, mucho más trágico para nuestros soldados.

Negar la realidad sirve a los propósitos políticos del actual Gobierno, empecinado en mostrar que ahora sí se está por la paz y no por la guerra y enrocado en misiones de paz que no existen. Para lo que no sirve es para ayudar a que la misión tenga éxito ni para garantizar la seguridad de las tropas allí desplegadas.

Lo que Afganistán nos enseña es que el modelo de misiones de paz bajo el que operaban nuestras tropas está acabado. No hay reconstrucción posible si no hay paz y ésta no puede existir si no se combate a los guerrilleros que la ponen en peligro.

Nuestros militares están más que capacitados para plantarles cara a los talibanes, librarles una batalla en sus propios términos y salir exitosos. Lo único que necesitan es la autorización del Gobierno socialista y de sus mandos militares. Desgraciadamente todos ellos parecen querer aferrarse al pasado y no enfrentarse a la realidad de Afganistán. Si no hubo la temida ofensiva talibán de primavera fue porque los soldados norteamericanos, británicos, canadienses, australianos, daneses y otros mermaron su capacidad preventivamente atacándoles antes de que se hicieran más fuertes. Lo que el Ministerio de Defensa español se limita a hacer es esperar y confiar en que la próxima emboscada tampoco les salga bien a los talibanes. Pero la política y la estrategia no deben basarse en la esperanza, particularmente si ésta va en contra de la experiencia.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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