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La revolución devora a sus hijos

Un nuevo capítulo se inicia y con él cabe esperar una nueva vuelta de tuerca del rigorismo y la ortodoxia. Una nueva huída hacia adelante que no sólo no resolverá los problemas, sino que los agravará

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Las revoluciones necesitan radicalizarse para sobrevivir. Danton dio paso a Robespierre, como Lenin creó las condiciones para que llegara Stalin o Mao la Revolución Cultural. Los ayatolás tienen frente a sí a la sociedad persa, que los percibe como un obstáculo para su modernización. Para poder retener el poder tienen que aumentar la presión dictatorial, impidiendo a un número cada vez mayor de candidatos competir en el proceso electoral. No sólo son enemigos “los otros”, sino buena parte de “los propios”, ayatolás y mulás incluídos. De la misma forma que Stalin asesinaba o encerraba a dirigentes comunistas, Alí Jamenei, el Líder Espiritual heredero de Jomeini, retira de la vida política a todos aquellos clérigos que no siguen la línea de la más burda ortodoxia y, consciente o inconscientemente, prepara así el camino para nuevas oleadas de radicalismo.
 
Todo estaba atado y bien atado para que Rafsanjani, ex presidente del Parlamento y del Gobierno volviera a ganar las elecciones, garantizando el control del país a los más fieles colaboradores de Jomeini, pero no ha sido así. Una vez más los aprendices de brujo se han visto desbordados por la realidad. Una nueva generación de islamistas, crecidos bajo el influjo doctrinal de la revolución espiritual, ha retado y derrotado a la oligarquía chiíta.
 
El país no funciona, la economía está estancada y la Administración es incompetente. Mahmud Ahmadinejad, un populista de 49 años, doctor en ingeniería y hasta hace poco tiempo un desconocido, ha establecido un nuevo acuerdo con una parte de la población, con esos 17 millones de iraníes que le han votado. El problema es la corrupción y la influencia nefasta de Occidente. La solución está en la pureza islámica y en el desarrollo económico y social desde el Corán. El inconveniente de este discurso es que los corruptos son los ayatolás y mulás que han gobernado hasta la fecha, representados por el ortodoxo Rafsanjani, derrotado por un desconocido.
 
Los mulás se ven hoy señalados por islamistas no clérigos como responsables de algo que nadie puede negar: el atraso. Enfrente, se encuentra una gran parte de la sociedad persa, que se ha negado a entrar en la farsa electoral y que aguarda ansiosa el derrumbamiento de este régimen fanático. Un nuevo capítulo se inicia y con él cabe esperar una nueva vuelta de tuerca del rigorismo y la ortodoxia. Una nueva huída hacia adelante que no sólo no resolverá los problemas, sino que los agravará.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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