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La sangre de Zapatero

La sangre de Zapatero se calienta en los mítines de los domingos, pero el lunes, cuando hay que dirigir la política antiterrorista en España y en el exterior, se convierte en horchata.

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El enemigo existe, y esta ahí, acechando para asesinar españoles. Lo estaba antes del 11-M, y lo sigue estando ahora. El juicio iniciado la semana pasada pone de manifiesto una verdad indudable; existe un enemigo que las instituciones judiciales deben identificar en este juicio con pelos y señales. Un enemigo al que hay que combatir hasta el final, por la justicia de los muertos y por la seguridad de los vivos.

Que hierva la sangre ante los crímenes: reacción esencial para cualquier gobernante, ¿no? Pues no. Desde marzo de 2004, el Gobierno se ha comportado con un grado de pusilanimidad ante los autores de la masacre desconocido en cualquier país occidental, oriental, del norte o del sur. Que toda la energía del Gobierno se vuelque en lanzarse propagandísticamente contra media España, en vez de lanzarse contra los terroristas, llena de preocupación y hace preguntarse acerca de las inquietudes últimas de Zapatero.

En septiembre de 2001, Estados Unidos identificó fehacientemente a su enemigo, y lanzó contra él toda la fuerza de que era capaz. Identificar a todos los responsables y castigarlos se convirtió en el objetivo norteamericano. Esto por supuesto escandalizó a la izquierda española, tan sofisticada ella ante los bárbaros yanquis. Pero, ¿imagina alguien a los franceses reaccionando como lo ha hecho el Gobierno de Zapatero tras sufrir semejante atentado? ¿A los británicos? ¿A los canadienses? Y no seguimos con el trato a los terroristas de los países amigos de Zapatero y Moratinos porque para sus presos Guantánamo es un balneario caribeño. Cualquier país del mundo, hasta el régimen más abominable, tiene claro que al terrorista se le caza y se le castiga.

Pero aquí no, naturalmente. Zapatero y su galaxia mediática se creen muy sutiles elaborando complejas teorías contra el terrorismo, y preconizando la paz universal como remedio a todos los males. Sustituyen el hecho esencial del terrorismo, la muerte deliberada de civiles inocentes, con cábalas ideológicas y electorales. Así, la sangre de Zapatero se calienta en los mítines de los domingos, pero el lunes, cuando hay que dirigir la política antiterrorista en España y en el exterior, se convierte en horchata. Horchata desnatada.

No hay ningún país del mundo, ninguno, que reaccione ante el terrorismo tal y como lo hace la España de Zapatero desde 2004, con pasividad y desgana. Los españoles pueden morir en Atocha o Barajas, pero su presidente del Gobierno habla de diálogo, de armonía cultural y de paz universal.  Los domingos, cuando hay que hablar del Partido Popular, hierve su sangre. Pero cuando se trata de perseguir y castigar al enemigo, los bostezos sustituyen a la oratoria, y la sangre de Zapatero se enfría lo indecible. ¿Cambiará su actitud cuando escuche los testimonios de las víctimas y los testigos del 11-M? ¿Hervirá por fin su sangre ante los criminales?

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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