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La tentación siria

Es difícil imaginar un cambio de estas características bajo la presidencia de Bush. El dirigente norteamericano no responde al perfil de estratega "realista" dispuesto a "cambiar cromos" con una dictadura corrupta, ignorando la voluntad de los libaneses.

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El diario israelí Haaretz informaba recientemente de unas conversaciones secretas entre los gobiernos de Jerusalén y Damasco para tratar de acercar posiciones. Dadas las recomendaciones del Iraq Study Group y las relaciones preferenciales de Israel con Estados Unidos, se han disparado las especulaciones sobre el supuesto interés que el gobierno de Washington podía tener en esta maniobra de aproximación. Si las conversaciones existieron o no es algo que se nos escapa. Lo que sí sabemos es que las partes lo han negado. Siria, en concreto, ha exigido que de haber conversaciones éstas sean públicas.

Si la propuesta de abrir negociaciones con Irán produjo incredulidad entre muchos analistas, el caso sirio siempre ha sido considerado como algo diferente, donde los márgenes de actuación son mayores. No es sólo cuestión de variables, el peso de la historia está muy presente entre los políticos y especialistas de Oriente Medio.

Siria va hoy de la mano de Irán, pero sus intereses son distintos. El régimen de Damasco es nacionalista. Durante años ha perseguido con ferocidad los movimientos islamistas, en particular a la más famosa de las organizaciones sunitas de este tipo: los Hermanos Musulmanes. El auge fundamentalista en la región supone una grave, quizás la más seria, amenaza para la estabilidad del baasismo sirio. Su objetivo fundamental es la incorporación –en su perspectiva reincorporación– del Líbano a su territorio, superando la división establecida por Francia. A esa meta se suma su deseo de recuperar los Altos del Golán, territorio ocupado por Israel, que ha reconocido su disposición a devolverlo a su legítimo soberano en el marco de un Tratado de Paz, como los firmados previamente con Egipto y Jordania, en el que se zanjen todas las diferencias. Su alianza con Irán es consecuencia de su debilidad: con una economía frágil, unas ansias expansionistas que van más allá de sus capacidades y la denuncia internacional por su comportamiento en Irak y en Líbano, necesita apoyos internacionales, sean cuales fueren. Irán tiene gas y petróleo, está invirtiendo en la industria nacional y, sobre todo, supone una relativa garantía de seguridad frente a las amenazas norteamericanas.

La alianza con Irán implica la protección siria al grupo terrorista e islamista Hezbolá. En teoría los radicales chiítas y el gobierno de Damasco van de la mano, pero en el medio plazo los objetivos de uno y otro son incompatibles. Un gobierno chiíta islamista en Beirut se volvería contra el baasismo.

Para muchos israelíes la ocupación siria del Líbano era una solución "realista" de la crisis político-demográfica libanesa, que facilitó un cierto entendimiento. La tentación de repetir la experiencia está ahí. Si se dan garantías de seguridad al baasismo y se reconoce de facto su derecho a ocupar Líbano, cabría suponer que se sentirían lo suficientemente fuertes como para prescindir de la alianza con Irán, dejarían de complicar las cosas a los norteamericanos en Irak y cortarían su colaboración con Hezbolá y con Hamás. Suposiciones, pero con suficiente fundamento como para que la información de Haaretz disparase las especulaciones. Llovía sobre mojado.

Es difícil imaginar un cambio de estas características bajo la presidencia de Bush. El dirigente norteamericano no responde al perfil de estratega "realista" dispuesto a "cambiar cromos" con una dictadura corrupta, ignorando la voluntad de los libaneses. Tampoco los baasistas sirios parecen dispuestos a hacer saltar su activo diplomático más importante en unas circunstancias como las actuales. El inicio de una nueva presidencia en Estados Unidos podría resultar un marco más apropiado. En cualquier caso, la conveniencia de romper el vínculo sirio-iraní es una realidad, tanto como la contradicción entre los intereses de los baasistas de Damasco y los ayatolás de Teherán.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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