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Las opciones, hoy

En las últimas semanas, el gobierno iraquí impidió la captura de importantes elementos terroristas o, incluso peor, liberó a líderes de las milicias ya en manos de los estadounidenses, para mantener contentos a los radicales chiítas que lo forman.

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Con la arrolladora victoria de los demócratas en las elecciones americanas del pasado día 7, el debate sobre qué hacer en Irak y con Irak ha cobrado nuevos bríos en Washington. Al fin y al cabo, este es un tema donde la Casa Blanca y el nuevo Congreso piensan de manera radicalmente opuesta.

De momento, se han acelerado los trabajos de dos grupos de estudio. El más conocido, el Iraq Study Group, formación de origen parlamentario y espíritu bipartidista, encabezado por dos figuras de prestigio de cada lado del espectro político, James Baker y Lee Hamilton. Sus reflexiones deberán ser presentadas a comienzos del próximo mes de diciembre aunque ya se conocen bastantes de las alternativas que vienen manejando. Ninguna mantiene la actual política norteamericana hacia Irak y, si bien es verdad que tampoco endorsan la opción más radical, es decir, la retirada inmediata, es más que probable que en medio de todo tipo de cautelas se inclinen por una solución elegante sobre el papel, pero imposible en la práctica, como sería acelerar el entrenamiento de las fuerzas iraquíes al mismo tiempo que se produce un redespliegue estratégico de las tropas estadounidenses hacia estacionamientos vecinos pero fuera de Irak. El debate sobre los números, el apropiado nivel de fuerzas desplegadas en Irak es lo que de verdad subyace en estas propuestas.

El segundo estudio está dirigido por el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, el general Peter Pace. Esto es, parte del propio Pentágono y de la insatisfacción creciente entre los militares de ver que su estrategia de aplicación de la fuerza no obtiene los resultados deseados. Sus deliberaciones pertenecen al mundo de lo más secreto y ni tan siquiera se conocen con exactitud quienes son sus miembros principales. Con todo, Estados Unidos es una sociedad transparente y ya se han filtrado, interesada o desinteresadamente, cuáles son las opciones básicas que este grupo de expertos baraja. Han sido familiarmente denominadas Go big, Go long y Go home. En todas, al igual que en el grupo político de reflexión, la cuestión de la cantidad de tropas es el elemento dominante. La primera alternativa significaría aumentar el nivel de fuerzas desplegadas en Irak (en la estela de lo que propone el senador John McCain), aunque solo transitoriamente, con el propósito de mejorar las condiciones de seguridad a corto plazo; la segunda, pasa por incrementar los esfuerzos de formación, entrenamiento y equipamiento del ejército iraquí a la vez que se disminuiría la presencia de tropas de combate americanas; la tercera, es una salida rápida pero ordenada de Irak. Si es verdad lo que se dice, los mandos del Pentágono querrían aumentar ahora para alcanzar la segunda de las opciones cuanto antes.

El problema con estos dos niveles de reflexión y análisis es que todo gira en torno al número de soldados. Y es más que probable que ahí no radique la solución a los problemas iraquíes hoy. Al menos no es sólo un problema de números. Si se añaden más soldados sin modificar su mandato operacional, sólo servirán como más objetivos a batir por los diversos grupos guerrilleros. Pero el problema es que sus reglas de enfrentamiento ya no las dicta el Pentágono o Cetcom, sino el gobierno iraquí quien, en última instancia, debe aprobar o vetar lo que los soldados norteamericanos hacen y cómo lo hacen en su país.

Dicho de otra manera, ¿permitirá el gobierno de Maliki, formado como está por partidos que carecen de un sentido nacional y que sólo buscan promover sus intereses sectarios, que los soldados norteamericanos disparen sobre miembros del ejército mahdi, o sobre terroristas o radicales vestidos de civiles? En las últimas semanas, el gobierno iraquí impidió la captura de importantes elementos terroristas o, incluso peor, liberó a líderes de las milicias ya en manos de los estadounidenses, para mantener contentos a los radicales chiítas que lo forman.

En Irak la coalición ha cometido numerosos errores, comenzando desde el principio al haberse negado a disparar sobre los ladrones que atracaron museos e instituciones inmediatamente tras la caída de Saddam. Pero estos errores han tenido que ver menos con el número que con la forma de ejecutar las operaciones. Y en eso hay que darle la razón al caído en desgracia Donald Rumsfeld. Es más, como estamos viendo hoy en día, la violencia ya tiene menos que ver con la jihad islámica contra Occidente que con las rivalidades tribales y religiosas internas iraquíes. Dicho de otra manera, el problema no es tanto militar como político: generar un sistema de convivencia nacional aceptable para todos los moderados. La formación del gobierno de Irak tras las elecciones no lo ha permitido. Tal vez haya que forzarlo.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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