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Liberalismo antitético

La izquierda, a diferencia de la derecha, sabe perfectamente que la sociedad no es un ente inerte al margen de la política; no trata de adaptarse a la opinión pública, lo que hace es adaptarla, educarla, culturizarla según sus intereses y valores.

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¿A quién parece el liberalismo antipático? Desde luego no a los diez millones de personas que votaron al Partido Popular en las pasadas elecciones. Podrá decirse que el Partido Popular es visto con antipatía por quienes acudieron a votar al Partido Socialista. Pero esta tosca sociología vale también para su contrario; casi tantos como los que ven así a los populares son los que ven antipático al PSOE. Pese a todo, unos y otros aceptan el mito de un PP antipático que no conecta con la sociedad.

Pero la antipatía es un sentimiento, que como tal no se identifica con lo que las cosas realmente son; es indiscutible que el Partido Popular es simplemente un partido liberal-conservador, análogo a los de las otras grandes naciones europeas. Pero a algunos en la derecha les obsesionan los sentimientos que provoca en la izquierda, y esto es ya un problema; al PSOE le preocupa bastante poco los que causa en la derecha. No hay más que ver el tono despectivo con el que sus dirigentes hablan de la derecha y compararlo con el respeto con el que ésta habla de la izquierda.

La izquierda, a diferencia de la derecha, sabe perfectamente que la sociedad no es un ente inerte al margen de la política; no trata de adaptarse a la opinión pública, lo que hace es adaptarla, educarla, enseñarla, culturizarla según sus intereses y valores. Y aquí educarla significa llevarla contra la derecha, a la que hace "antipática". Nada ocurriría si ésta hiciera lo propio con la izquierda, si le mantuviese el pulso. La cosa quedaría, al menos, en tablas. Pero si la derecha corre a refugiarse en el centrismo y la moderación, deja el campo libre a la izquierda, que acelera su discurso contra los liberal-conservadores, que tienen que desplazarse un trecho más. Así sucesivamente.

Es un asunto de física y geometría política; si se deja el espacio a la izquierda, lo ocupará y tendrá más fuerza para arrinconarte y obligarte a aceptar sus presupuestos. Por suerte, la sociedad aguanta, y la mitad de los españoles no consideran al liberalismo "antipático". Quienes lo consideran así son El País, la Cadena SER y la izquierda en general. Éstos no es que lo consideren antipático; es que directamente le acusan de los peores crímenes, como llevan haciendo durante toda su historia.

Lo cual nos lleva al problema de fondo: lo malo no es leer el diario El País, lo malo es creérselo. ¿Piensa alguien en la derecha que su liberalismo va a resultar simpático algún día al grupo Prisa? El liberalismo podrá adaptarse a muchas cosas, pero nunca, si quiere seguir siéndolo, a lo que digan los enemigos del liberalismo. ¿Negociar con terroristas es liberal? ¿en qué sentido exactamente? ¿es liberal la sumisión del poder judicial? ¿de qué manera? ¿Es liberal el control político-gubernamental de las grandes empresas, de los medios de comunicación? ¿según qué escuela? ¿es liberal el adoctrinamiento ideológico en edad escolar? ¿es liberal poner en manos del Estado la decisión de matar, al comienzo o al final de la vida? Porque todas estas medidas resultan enormemente simpáticas a la izquierda española, y sólo aceptándolas el liberalismo le parecerá a El País menos antipático.

Un liberalismo no antipático consistirá para la izquierda en una mezcla poética y abstracta de bellas palabras: el discurso de los espacios, la transversalidad, el punto de encuentro, la moderación, la igualdad, la sintonía, lo afectivo, lo incluyente. Es decir, la disolución intelectual del discurso político liberal. Tanto si se considera que disolver la reflexión política es una necesidad para la sociedad del siglo XXI, como si se cree que desmembrar un discurso coherente es condición indispensable para ganar elecciones, el resultado es el mismo. Un producto que resulta muy simpático para la izquierda, tanto que es capaz de promoverlo abiertamente.

Esta disolución del discurso político no sólo no es liberal, sino que representa su antítesis. No es que defienda uno u otro liberalismo; es que de hecho lo interpreta como la ausencia de todo discurso alternativo al de la izquierda, y más aún, como la ausencia de todo discurso político, que queda sacrificado en nombre de una victoria electoral que además no garantiza. Este liberalismo antitético implica ponerse de medio lado, aceptar la visión que la izquierda tiene de la derecha, y dejarle aún más espacio social y cultural. Un espacio que costará más recuperar.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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