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Los azares revolucionarios

La euforia que produce el espectáculo de las luchas por la libertad y la democracia no debe obnubilarnos, entre otras cosas para tratar de empujarlas hacia el puerto más seguro, que no será el ideal.

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Sobrecoge, desconcierta, fascina e inquieta lo que está ocurriendo en el mundo árabe y podría ocurrir en otros muchos ámbitos donde los dictadores tienen pesadillas con las noticias de cada día. En China ya se han producido los primeros síntomas, que no han cogido en absoluto desprevenidas a las autoridades. No hay manera de adivinar el desenlace, que será tan variado como los países, pero cuando las aguas se reposen –sabe Dios cuándo– el mundo será distinto, aunque no sabemos bien cómo. Mientras tanto, los acontecimientos irán dando bandazos en direcciones muy diversas. Una vez más, la historia nos coge por sorpresa. Como con la Perestroika, la caída del muro de Berlín, el 11-S o la crisis económica.

Las aguas árabes se veían plácidamente remansadas tras el poderoso dique de sus dictaduras. Ahora sabemos que la presa soportaba una presión hidráulica excesiva. En cuanto se produjo la primera fisura comenzó a reventar por todas partes. Cada nueva grieta tiene sus características propias, pero detrás está la enorme presión de un descontento generalizado. A posteriori se pueden identificar muchos elementos precursores; la historia no opera con la nada. Todo estaba ahí antes de que nos sorprendiera. La inmóvil placidez ocultaba la tensión. Y la imponente apariencia del muro dictatorial disimulaba su fragilidad.

Mientras tanto, el mejor análisis es el de Tony Blair: no sé ni nadie sabe. Así es y así ha sido siempre. El futuro malamente se deja adivinar, sobre todo en tiempos de turbulencias. No tenemos una mágica bola de cristal, pero las revoluciones no se inventaron a comienzos de este año, y el conocimiento de los países y las sociedades cuenta. Sobre las revoluciones sabemos que casi nunca acaban como empezaron ni les ponen fin quienes les dieron principio. La euforia que produce el espectáculo de las luchas por la libertad y la democracia no debe obnubilarnos, entre otras cosas para tratar de empujarlas hacia el puerto más seguro, que no será el ideal.

Repugna decidirse por Luis XVI, Nicolás II, Chang Kai Chek o el Sha de Persia, pero eso no hace preferibles a Robespierre, Lenin, Mao o Jomeini. De lo que se trata es de contribuir a mejores alternativas teniendo en cuenta que todo puede terminar como en China en la plaza de Tian An Men, en 1989. Los árabes tienen experiencias más próximas. El exterminador anfal de Saddam Hussein contra los kurdos de Irak, así como otros episodios de represión del mismo calibre contra los chiitas: millares y millares de víctimas –en ocasiones gaseadas– y pueblos arrasados hasta desaparecer del paisaje. Hasta ahora Siria parece inmune al contagio revolucionario. Sin duda los sirios, mayoritariamente suníes y gobernados con mano de hierro por una pequeña minoría de una despreciada secta chiita, los alawitas, que todo lo controla, recuerdan muy bien cómo el padre del actual gobernante ahogó en sangre el levantamiento de los Hermanos Musulmanes en la tercera ciudad del país, Hama, hace 19 años; con más de 10.000 muertos –quizás bastantes más– en dos o tres días. En los recientes levantamientos, Gadafi parece dispuesto a emular aquella siniestra hazaña. El parlamento iraní, el Majlis, ha pedido la ejecución de dos anteriores presidentes islámicos, Jatami y Musavi y un ex presidente del parlamento, Karrubi, porque se han convertido en líderes reformistas dentro del propio régimen, que ha desplegado a sus milicias de matones.

En Egipto las protestas se abstuvieron de consignas religiosas y más o menos eso está sucediendo en casi todas las partes, pero sin contar con el discreto pero decisivo papel de organizaciones islamistas que aspiran a imponer la sharía, la ley coránica. No hay que olvidar la intensa islamización que lleva años produciéndose en el mundo árabe, que no podrá menos de reflejarse en cualquier votación libre. Occidente, fiel a sus valores, debe apostar activamente por el cambio, pero no para peor.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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