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Luz verde, al fin

La lejanía actual con los Estados Unidos y la cercanía a Francia del Gabinete de Zapatero hacen que lo más lógico sea que España actúe junto con Francia sobre el espacio aéreo libio.

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En las cancillerías occidentales son varios los objetivos que se entreven tras la resolución aprobada ayer por la noche, in extremis, en el Consejo de Seguridad. Cada cual está interpretando la cosa como le interesa o como le pide la opinión pública. Básicamente, son tres los objetivos últimos manejados. El primero es evitar que las tropas de Gadafi ataquen a la población civil, lo que deja fuera de la protección a los milicianos rebeldes que sostienen la guerra contra el dictador; este tipo de operación conllevaría la observación aérea y la intervención en tierra únicamente si se constatan violaciones de los derechos humanos o de las convenciones de guerra. El segundo es ayudar desde el aire a las tropas rebeldes a resistir el avance de los gadafistas, lo que ya incluiría ataques a las unidades que ya cercan Bengasi, para dar oxígeno a los que aún resisten allí; este tipo de operación incluiría ataques aire-tierra sobre las tropas de Gadafi. El tercer objetivo es el derrocamiento de Gadafi acabando con su instrumento principal de poder, el ejército; esto incluiría ataques aéreos no sólo en el frente de Bengasi, sino en todo el territorio libio, a las estructuras de mando y control libios. Y no excluiría ataques personales para tratar de acabar con el dictador, como ya intentó Reagan, o Bush contra Saddam en 2003.

Se trata de opciones muy distintas, en intensidad y ambición, y aún contrarias, porque no es lo mismo vigilar que no se asesine a la población civil, que intervenir en la guerra de parte de uno de los bandos. La expresión "zona de exclusión aérea" tiene la virtud de calmar las suspicacias chinas –que ni de broma quiere ver mayor presencia occidental en su estratégico patrio africano–, pero al mismo tiempo deja el futuro lo suficientemente abierto como para que los países participantes tengan la posibilidad de ampliar operaciones según interés o necesidad; sobre el terreno, se pasaría fácilmente de una a otra. Alemania ha sido como siempre tan brusca como sincera en un asunto que ni le va ni le viene, y Francia se apresura a anunciar que participará en las operaciones. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos, pero parece que asistiremos a un nuevo capítulo de la competencia entre franceses y chinos en el continente africano.

La decisión del Consejo de Seguridad quita presión a la ONU y a los países occidentales, muy apremiados por la opinión pública tras las balandronadas de Gadafi. Entre los fríos y renuentes a actuar, dos argumentos: lo peligroso de volver a intervenir en un país musulmán tras los problemas de la guerra de Irak en 2003, por miedo a herir la susceptibilidad árabe; y el vértigo de volver a abrir una época de intervenciones militares en un mundo donde los dictadores abundan y las masacres también, donde los intereses están mezclados, y donde vuelvan a abrirse divisiones entre los aliados. Lo primero se ha tratado de paliar acudiendo a la mediación del Líbano y a la "legitimidad" de la Liga Árabe, que se espera participe aún simbólicamente en las operaciones, lo que las está retrasando. Lo segundo, mediante la fórmula abierta de la zona de exclusión, que aleja el fantasma de la invasión terrestre, que tanto China como Alemania, por motivos distintos, rechazan.

A diferencia de otras ocasiones, en ésta los ánimos están fríos en la Casa Blanca, y los ardores de Hillary Clinton no se extienden a Obama, que prometió a los americanos que los Estados Unidos no se meterían en más operaciones militares tras Irak y Afganistán, y a los musulmanes que no interferiría en sus asuntos internos. Lo característico de la crisis y la resolución de ayer es la falta de liderazgo de la Casa Blanca: los americanos actúan a regañadientes, lo que no anima a Cameron a comprometerse y ejerce de disuasión en los demás. Francia, acosado por su rival China en África, y con problemas crecientes en la francofonía, se muestra más entusiasmado y empuja a actuar, pero no podrá llevar a cabo la operación con garantías, políticas y técnicas, sin el pleno apoyo de los aliados de la OTAN. La cosa suena, por ello, a cruel venganza americana, con Estados Unidos actuando de peso muerto de las iniciativas francesas.

Con la resolución aprobada ayer, la presión se rebaja sobre los países occidentales, pero pese a acumular barcos y aviones frente a la costa de Libia, aún parece que tardarán en hacer efectiva la operación. Sobran portaaviones en el Mediterráneo y falta convicción entre los aliados. Salvo que las prisas francesas fuercen a los aliados en la reunión de la OTAN, la operación tardará aún bastante en ponerse en marcha, porque pese a todos los flecos que hay que recortar son muchos, y con los Estados Unidos ausentes nadie se ha preocupado de ellos. El control del espacio libio podrá hacerse en aproximadamente tres o cuatro días, a contar desde el inicio, que aún puede retrasarse al sábado o domingo, lo que por cierto le da algo de tiempo a Gadafi.  

Operativamente, la operación, que llega tarde, es sencilla. En primer lugar, la eliminación de las infraestructuras de control y vigilancia aéreas libias, incluidas baterías antiaéreas, lo que incluiría un abanico de opciones que iría desde la guerra electrónica hasta el bombardeo. En segundo lugar, la toma de control del espacio aéreo libio, mediante el control aéreo y las patrullas sobre el país. En tercer lugar, están las acciones ofensivas, que como hemos dicho irían desde el derribo de aviones no autorizados, a eventuales operaciones aire-tierra. Ninguna de estas fases conlleva especial problema: los mecanismos antiaéreos gadafistas son bien conocidos y anticuados, los aviones poseen unos componentes desactualizados y están faltos de piezas de repuesto, y lo mismo podría decirse de las unidades de tierra.

Desde el punto de vista español, la presencia del "Príncipe de Asturias", la cercanía a España, la debilidad de las defensas libias, y la postura de Carmen Chacón, invitan a que España participe plenamente en las operaciones. El Gobierno, para ser coherente con lo que su ministra ha manifestado repetidamente en los organismos de defensa internacionales, debiera dar luz verde a la misión en Libia, participando plenamente en los vuelos y eventuales ataques. A fin de cuentas, la lejanía actual con los Estados Unidos y la cercanía a Francia del Gabinete de Zapatero hacen que lo más lógico sea que España actúe junto con Francia sobre el espacio aéreo libio. Para nuestras tropas es la ocasión para mostrar su excelente preparación y coordinación con los países aliados.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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