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Misiones en crisis

Las operaciones y los esfuerzos multilaterales de Naciones Unidas no funcionan. Sin embargo sigue creciendo el número de cascos azules en el mundo.

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Seguramente Brasil no imaginaba en 2004 que el establecimiento de la misión de paz de la ONU en Haití (MINUTAH) le reportaría más descrédito que prestigio, ése que buscaba para su campaña en busca de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Era la séptima vez que Naciones Unidas intervenía en la historia reciente del país; las misiones anteriores tampoco resolvieron los problemas profundamente arraigados, ya sea por no permanecer el tiempo suficiente como tener mandatos limitados. La MINUSTAH está ahora más en entredicho que nunca por la presunta violación de un haitiano por parte de cascos azules uruguayos. Pero otras denuncias de abuso sexual, maltrato y exceso de fuerza por parte de efectivos de la misión se han sucedido a lo largo de estos años, sin olvidar el supuesto contagio de cólera atribuido al contingente nepalí, cuando aun coleaba el terremoto de enero de 2010.

Los países sudamericanos que forman parte de la misión analizan estos días la situación de Haití, pero también se debate sobre la reestructuración de la operación, su redefinición de sus objetivos y la reducción de su personal. Algo que debería ser común y aplicarse a otras misiones de la ONU, como la del Líbano, en la que España participa.

Las operaciones y los esfuerzos multilaterales de Naciones Unidas no funcionan. Sin embargo sigue creciendo el número de cascos azules en el mundo: se ha pasado de 20.000 en el año 2000 a 100.000 en 2011. Y es que cuenta con una gran ventaja: Naciones Unidas devuelve parte del coste de las operaciones a los países, mientras que en otros casos -como el de la OTAN y la UE- son los países los que corren con todos los gastos.

Ya en el año 2000 el denominado informe Brahimi sobre las operaciones de paz señalaba como uno de sus principales fallos la neutralidad, que llevaba a rechazar distinguir entre víctima y agresor; denunciaba el excesivo peso del "politiqueo" de la organización, pidiendo que la Secretaría informara al Consejo de Seguridad, distinguiendo lo que éste necesita saber no de lo que desea saber y, por lo tanto, siendo más realista y menos ambiciosa; recomendaba mandatos más firmes que autorizaran el uso la fuerza; y proponía una serie de reformas enfocadas a tener unas misiones más rápidas, más capaces y más efectivas.

Más de una década después del informe, las carencias continúan y en algunos casos se han acrecentado; falta liderazgo y hay problemas de mando y control; muchos contingentes no son profesionales o no están lo suficientemente preparados (nótese que los principales contribuyentes de tropas son Bangladesh, Pakistán e India). Tampoco hay suficientes capacidades militares y logísticas.

Paradójicamente, a pesar de que las misiones de Naciones Unidas están en crisis política, financiera y operativa, se baraja la posibilidad de enviar cascos azules a Libia procedentes de países africanos y árabes, puede que India y Brasil, y algún que otro país europeo. Lamentablemente será más de lo mismo. 

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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