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Misiones en peligro

Mientras el presidente del Gobierno crea que un Ejército es "una ONG robusta" es impensable que dé las órdenes oportunas para reforzar el contingente en Afganistán y dotarle de la capacidad de maniobra necesaria para buscar y destruir al enemigo.

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La noticia publicada por el diario El Mundo sobre el fracaso del Equipo de Reconstrucción Territorial español en la provincia de Badghis no por esperada resulta menos alarmante. En la base de Qala-e-Now tenemos a 225 hombres, de los que sólo unos cincuenta realizan patrullas. La escasez del número, la dimensión y características del terreno, y las instrucciones enviadas desde Madrid para limitar los riesgos de nuestros soldados pueden darnos una idea de su limitadísima capacidad para proyectar seguridad. Esa falta de decisión y de medios humanos y materiales ha permitido a las guerrillas talibanes hacerse poco a poco con el control del 70% del territorio.

En Afganistán estamos presenciando el desastroso efecto de practicar la "guerra a la carta". Cada Gobierno envía los hombres que quiere y con la misión que considera conveniente. En términos generales podemos afirmar que conviven dos estrategias incompatibles entre sí. Realizando un paralelismo con el conflicto iraquí, podemos personalizar ambos enfoques en los dos máximos responsables norteamericanos que se han sucedido al frente de las operaciones en Mesopotamia. El general Casey apostó por una presencia limitada de tropas y una especial dedicación a entrenar al ejército iraquí para que fuera él quién asumiera el protagonismo contra la insurgencia. Los hechos demostraron su error. El vacío provocado por la inacción norteamericana fue llenado por distintos grupos de insurgentes, llegando a crear una situación insostenible. Su sucesor, el general Petraeus, impuso una estrategia decididamente contrainsurgente, apoyándose en un aumento del contingente humano, con resultados espectaculares en un tiempo record. Zapatero apostó por Casey y los talibanes han ido penetrando en los territorios que se encuentran bajo nuestra responsabilidad.

Pero no es sólo un problema de estrategia equivocada. Hay también una falta de compromiso y de voluntad. Nuestros hombres han sufrido ataques guerrilleros tanto en Afganistán como en el Líbano. Talibanes y gentes probablemente de Hezbolá les tendieron trampas con la intención de que dejaran de obstaculizar su actividad sobre el terreno. Tras dichos ataques el Gobierno se plegó cobardemente ante el enemigo e instruyó a nuestros jefes para que limitaran al máximo los riesgos de nuestras tropas, aun a costa de minar el objetivo de nuestra presencia en ambos escenarios: proyectar la necesaria seguridad para la reconstrucción e impedir la actividad guerrillera. Zapatero ordenó incrementar el destacamento en Afganistán y enviar otro al Líbano por razones diplomáticas, no por sentirse solidario en la Guerra contra el Terror, conflicto en el que no cree. En su fantasiosa visión de las relaciones internacionales no ve problema para entenderse con los talibanes y conocida es su defensa de Hezbolá, que le valió el agradecimiento de esta organización terrorista, proyección de los intereses iraníes en la región.

El problema tiene difícil solución bajo el mandato de Zapatero. Mientras el presidente del Gobierno crea que un Ejército es "una ONG robusta" es impensable que dé las órdenes oportunas para reforzar el contingente en Afganistán y dotarle de la capacidad de maniobra necesaria para buscar y destruir al enemigo. Mientras tanto, España será responsable de que talibanes y Hezbolá se muevan con extrema comodidad en territorios bajo nuestra responsabilidad, minando las expectativas para que ambos países puedan tener un futuro en paz.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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