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Mucho más que su economía

No se trata de enfrentarse a China ni de ser su enemigo. Pero tampoco de plegarse a actuaciones que colisionan con los más elementales principios sobre los que se asientan nuestras sociedades.

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Según las últimas estadísticas el tamaño de la economía china acaba de sobrepasar a la japonesa en una progresión imparable que, de seguir así, en menos de 10 años significará que China será la primera potencia económica mundial.

Las estadísticas oficiales de China se quedan obsoletas en pocos meses. Por ejemplo, en lo que llevamos de año, las exportaciones chinas han aumentado más de la mitad respecto a las del año anterior. De hecho, hoy China exporta cada 6 horas lo mismo que exportaba durante todo 1978.

Ante un Occidente sumido en una crisis de deuda que ni siquiera es capaz de reconocer y asumiendo unos compromisos de gasto difícilmente sostenibles por culpa de su política mal llamada "social", el mundo asiste a una recreación de la fábula de la cigarra y la hormiga. Una inmensa representación donde el gasto de Europa y Estados Unidos está financiado en gran parte por los ahorros de países asiáticos.

Que China crezca y prospere no es una mala noticia en sí. Siempre es positivo que más y más personas abandonen la pobreza. El problema es que Europa y Estados Unidos, con unas sociedades cortoplacistas e instaladas en el opio de arrogancia y la comodidad, no asumen una progresiva pérdida de relevancia y una debilidad estratégica que afectará en pocos años a todos los ámbitos posibles: economía, seguridad, etc.

La reciente decisión de la autoridad monetaria china de permitir la negociación de los bonos del tesoro chino es un paso muy importante para que su moneda avance en la dirección de una moneda convertible. Con unas exportaciones crecientes, con unas reservas monetarias ingentes, con una apenas inexistente deuda pública y con una creciente influencia política mundial, es posible que el renmimbi se convierta en una moneda de reserva mundial en detrimento del dólar y el euro.

Es importante que seamos conscientes de que se está alterando el terreno de la política internacional de forma paulatina pero siempre en una dirección: el incremento de influencia de China que se ve acentuado con una debilidad económica occidental. Y debemos ser conscientes de que el poderío político chino es y será de naturaleza diametralmente opuesta al occidental. 

No hablamos de una ideología comunista que es más bien un mero elemento obsoleto de marketing en la actual configuración del Estado chino ya que se trata, más bien, de un régimen autoritario de monopolio del poder. Nos referimos a un modelo donde el concepto de individuo es subordinado al de armonía social u orden. En donde el respeto a valores que diariamente damos por hechos es más que cuestionable: derechos humanos, libertad de prensa, estado de derecho.... todo ello pasa a ser progresivamente discutido y discutible ante un país que es capaz de proporcionar la bomba nuclear a regímenes como el norcoreano, el pakistaní o ahora con el iraní, que es capaz de seguir una política neocolonialista en África o América del Sur aliándose con los más terribles y opresores regímenes a cambio de materias primas. Un país que, al fin y al cabo, sigue celebrando cómo hace 20 años masacró a 3.000 estudiantes por pedir libertad.

No se trata de enfrentarse a China ni de ser su enemigo. Pero tampoco de plegarse a actuaciones que colisionan con los más elementales principios sobre los que se asientan nuestras sociedades ni, por supuesto, de mirar para otro lado a cambio de conseguir réditos económicos temporales. 

Se trata de poner los medios para que en el futuro Europa no sea un mero exotismo sin influencia ya que, hoy por hoy, el ascenso chino es paralelo a un declive occidental en todos los ámbitos, el demográfico, el económico, el social. Es absurdo ignorarlo y es aún peor esconderlo o autoengañarse.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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