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No sólo es un problema de terrorismo

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Una de las ideas que más se han repetido estos últimos meses es que la amenaza real a nuestra seguridad es el terrorismo islamista –”internacional” en la versión ZP-. La afirmación no es inocente. Normalmente se utilizaba en el contexto de la Guerra de Iraq, tratando de subrayar que fue un error en cuanto que distrajo la atención norteamericana y mundial del problema real. Un analista tan reconocido como Rohan Gunaratna, arranca el capítulo final de su Al Qaeda. Viaje al interior del terrorismo islamista con la siguiente frase: “La lucha global contra Al Qaeda será el conflicto que defina los primeros años del siglo XXI”. Para el autor no parece haber duda sobre el ranking de amenazas, actitud que comparten otros muchos especialistas internacionales en terrorismo.
 
La asunción de que el terrorismo es un problema real para nuestra seguridad es antigua. Ya estaba presente en el Concepto Estratégico de la OTAN de abril de 1999 y desde entonces ha sido recogido por todos los documentos semejantes occidentales. Sin embargo, ninguno de ellos ha cometido el error, en el que sí cae Gunaratna, de considerar al terrorismo islámico el conflicto por excelencia. Lo miremos como lo miremos el daño que puede provocar un misil con cabeza nuclear es mucho mayor que el producido por un acto terrorista de la magnitud del 11/S. De ahí que la proliferación de armas de destrucción masiva aparezca en todos los documentos de estrategia occidentales como la primera amenaza citada.
 
Un periódico tan poco sospechoso de simpatías bushitas como The New York Times aparecía este domingo con una noticia en portada cuyo título parecía salido de las cavernas neoconservadoras, si no escrito por el propio”Príncipe de las tinieblas”, el siempre maléfico Richard Perle: Diplomacy Fails to Slow Advance of Nuclear Arms. Sin embargo no era Perle, sino David E. Sanger, uno de los redactores-estrella del periódico liberal por excelencia, el autor del artículo. Largo y bien documentado, el texto concluía que las distintas maniobras diplomáticas emprendidas para detener los programas nucleares coreano e iraní han fracasado, que Corea del Norte debe disponer de unas diez bombas de plutonio y que Irán está en el camino para lograr en un tiempo indeterminado su primer ingenio nuclear. Más aún, parte del fracaso se debe a que el chantaje económico ha fracasado, dado que China continúa ayudando a Corea y Europa mantiene un intenso comercio con Irán.
 
La próxima administración norteamericana se tendrá que enfrentar de lleno con su principal reto de seguridad: la proliferación. Clinton y Bush han fracasado en intentar contener el programa nuclear coreano, mientras China jugaba a permitir el desgaste norteamericano. En el tema iraní Bush tuvo el acierto de situarlo como una amenaza mayor en el “Eje del Mal”, tan criticado por los medios y la inteligencia europea, pero en ningún momento ha sido capaz de establecer una auténtica política iraní.
 
A estos dos problemas hay que añadir el quizás más grave: Pakistán. Sin Musharraf al frente el devenir político de la primera potencia islámica dotada de arma nuclear se puede convertir en un enigma lleno de inquietantes incertidumbres.
 
La temida proliferación de armas nucleares es una realidad que tenemos que asumir y empezar a actuar en consecuencia. En primer lugar, conviene dejar atrás planteamientos jurídicos por la sencilla razón de que los miembros del Consejo de Seguridad no están dispuestos a llevar hasta las últimas consecuencias la lógica de las convenciones internacionales. Ni China ni Francia, por poner dos ejemplos, van a aprobar una acción anticipatoria contra Corea o Irán. Puesto que estos países están dispuestos a sufrir algunas sanciones con tal de obtener el arma nuclear, hay que asumir que la tendrán o ya la tienen. Tampoco parece viable que Israel pueda repetir la operación contra Oshirak, la central nuclear iraquí que volaron para impedir que Sadam Husein consiguiera acceder al umbral nuclear antes de la guerra del 91. Tanto el gobierno de Corea del Norte como el de Irán aprendieron la lección y cabe suponer que tienen repartidos en distintos lugares los medios de producción y las armas.
 

Tanto las potencias locales como las globales tendrán que tratar de establecer un diálogo estratégico con las nuevas potencias nucleares. Todos recordamos lo difícil que fue lograr un entendimiento con la Unión Soviética y las décadas de miedo ante la amenaza real de los misiles rusos. Ahora los actores son más y mucho menos racionales.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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