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Obama bate a Hillary

De momento las malas artes del ex presidente Clinton han suscitado un clamor de protestas en el seno de su propio partido, para regodeo de republicanos, acostumbrados a sufrirlas, con la complacencia demócrata, durante dos largos mandatos.

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En la pasada semana sólo una primaria: la demócrata de Carolina del Sur el sábado 26. Era una victoria anunciada de Obama, pero sólo desde hace pocas semanas y no con tanto margen, así que no ha faltado sorpresa. No obstante, su importancia reside en que no ha zanjado nada: las espadas entre los dos grandes contendientes demócratas siguen en alto y ya se duda de que el supermartes 5 de Febrero pueda ser decisivo. Aunque sólo queden dos, el panorama está tan poco claro como en el campo republicano.

Durante casi todo el 2007 la campaña de Hillary contaba con este estado sudista y la tradicional lealtad de los votantes negros a su apellido. Pero llegado el momento votaron en un 80% por el candidato de su color, la misma proporción aproximadamente en todas las categorías de sexo y edad. El resto se lo llevó la Clinton, porque el tercero en discordia sólo recibió un 1% de ese sector del electorado. El resultado total fue un 55% para Obama, un 27% para Hillay y un 18% para Edwards.

Éste último no tiene ya la más mínima posibilidad de conseguir la designación de su partido. Pero no ha sido más que una confirmación. A pesar de ser nativo del estado y haberlo ganado en iguales circunstancias en las anteriores presidenciales del 2004, sólo ha conseguido aumentar unos pocos puntos porcentuales sus resultados de las primarias anteriores. Sin embargo, sigue nada más y nada menos que para prestar su voz a los millones a los que el sistema deja sin ella. De paso espera que la pelea entre los dos campeones los mantenga tan iguales que su corto número de delegados en la convención del próximo agosto lo convierta en el hacedor del rey (o reina). Pero muy bien podría suceder que esos potenciales votantes afónicos decidan dejarlo en la estacada. La cuestión importante es entonces hacia donde se inclinarán. Y si el generoso y frustrado aspirante se ve obligado a tirar la toalla, a quién recomendará a los suyos votar.

Los negros forman el 29% de la población de Carolina del Sur, pero el 54% de los electores demócratas que acudieron a votar. No sólo son masivamente demócratas sino que además han acudido en masa a las urnas, cuando su proclividad al abstencionismo es superior a la media. Y su elevada participación ha sido un éxito de la campaña de Obama, que ha conseguido crear una atmósfera de entusiasmo y ha contado con una excelente organización sobre el terreno que ha sabido movilizar a los votantes más perezosos.

En cierto sentido, y peligrosamente, el senador por Illinois ha contado también con la estrategia de Bill Clinton, el cual, conociendo la derrota de antemano, ha desarrollado una intensa campaña basada en dos ejes: ataques muy duros y sucios para desacreditar personal e ideológicamente al rival de su esposa y mensajes indirectos y a veces casi subliminales para identificar al candidato con su color, en abierta contradicción de la campaña integracionista y conciliadora de éste. No le ha importado amplificar su victoria a costa de electores que tradicionalmente la han sido de gran fidelidad con tal de meter a Obama en un ghetto electoral negro que provoque el rechazo de los blancos. La cuestión es si lo ha conseguido, y los frutos de esa táctica de golpes bajos los va a recoger en el supermartes. En esta ocasión Obama ha obtenido menos votos blancos, un 25%, que en las consultas anteriores.

De momento las malas artes del ex presidente han suscitado un clamor de protestas en el seno de su propio partido, para regodeo de republicanos, acostumbrados a sufrirlas, con la complacencia demócrata, durante dos largos mandatos. Como término de comparación habría que decir que esos métodos tan barriobajeros se quedan en disputas de ursulinas comparados con los que los adláteres de Zapatero se gastan respecto al Partido Popular.

Aunque esa presión interna ha llevado a la campaña de Hillary a anunciar una dulcificación de las maneras y un papel de menor protagonismo para el esposo de la candidata, la cuestión que queda pendiente es si la comunidad negra le guardará la afrenta a sus antiguos paladines, quedándose en casa cuando lleguen las elecciones definitivas, en el supuesto de que Hillary consiga finalmente arrebatarle la candidatura del partido a Obama. La apuesta de Bill es que para entonces lo habrán olvidado y retornarán al redil clintoniano. Algunos expertos, como el agudo Nelson Duran, lo dudan.

Y es posible que esa duda invada también al liderazgo demócrata. La protesta interna puede en unos casos provenir de escrúpulos ideológicos. Los Clinton, por más que lo nieguen, están haciendo una campaña que tiene como uno de sus velados pilares la raza y el género. Los negros para Obama, de momento, los blancos, mayoritarios al fin y al cabo, y las mujeres, en general, para nosotros, en flagrante contravención de los principios no ya de la izquierda americana sino de todo el sistema. Al mismo tiempo, el sobresaliente papel del marido contradice la relevancia femenina de la candidata y anuncia una presidencia dual que no cuenta con el agrado de la mayoría de los americanos. A ello se añade que también dentro del partido no pocos han sido víctimas de la arrolladora maquinaria de los Clinton y muchos más temen el daño que las "travesuras" de Bill puedan causar a su formación política.

Ese conjunto de rasgos explicarían el creciente número de apoyos que la candidatura de Obama está cosechando últimamente entre las grandes figuras del partido. La mas reciente y significativa la del senador Edward Kennedy. En último término, nos explica Durán, el secreto mejor guardado entre la izquierda americana es el de la "electabilidad". Hillary puede ganarle a Obama, pero las encuestas apuntan a que McCain pueden vencer a Híllary. Obama, pues.

Si Carolina del Sur ha prolongado el duelo entre los demócratas, la primaria de este martes 29 en Florida podría decidir la contienda entre republicanos si McCain obtiene una victoria clara. De no ser así, cabe incluso dudar, también, de que el supermartes sea decisivo.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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