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Ocho años después

Sus renovadas promesas de paz para Oriente Medio, junto a su compromiso de cerrar el campo de detención de Guantánamo dentro de este año, colocan a Obama en las antípodas de su predecesor, el tan denostado George W. Bush.

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La lección transcurrida después de casi una década de los macroatentados del 11 de Septiembre de 2001 en suelo estadounidense es que es tan necesario realizar un esfuerzo multidireccional, multinacional y sostenido contra el terrorismo yihadista, como entonces. En aquel momento, Al Qaeda tenía en su haber atentados emblemáticos como los de las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania en 1998, el ataque contra el destructor ‘USS Cole’ en Adén en 2000, y atentados dispersos en Arabia Saudí y otros lugares. Hoy, nueve años después, puede presentar un balance mucho más ambicioso, y para nosotros mucho más estremecedor.

Se enfrenta a Occidente en Afganistán, donde las múltiples potencias allí empeñadas militarmente, con la OTAN incluida, no ven un final inmediato y ni siquiera visualizan de forma coordinada una posible victoria. En Irak ha tenido uno de sus campos de actuación más emblemáticos, y sigue allí empeñada en romper un arduo proceso de normalización política y de seguridad a través de, entre otras fórmulas, la dinamización del viejo enfrentamiento interreligioso interno al islam, entre suníes y shiíes. En la lucha contra el terrorismo, derrotarle en ambos países es fundamental e imprescindible.

En nuestras sociedades, ha atentado o inspirado grandes atentados desde 2001 de forma continua e incesante. Desde España en 2004 hasta el Reino Unido en 2005 y 2007, ha intentado continuamente realizar muchos más, manteniendo en vilo a muchos países con atentados preparados, programados o inminentes: el último caso el de Alemania, alerta ante un posible atentado antes de las próximas elecciones.

Además, ha sido capaz de alimentar y de reforzar frentes de batalla yihadista antiguos, como Argelia en el Magreb o Somalia en el Cuerno de África, haciendo de ambos claros ejemplos de perduración del terrorismo y de la semilla de radicalización que lo alimenta. Además, está extendiendo la inestabilidad y la violencia a otros rincones de África como Mauritania o el norte de Nigeria. Ha conseguido incluso penetrar el complejo mundo del radicalismo islamista entre los palestinos, rivalizando con el también terrorista Movimiento de Resistencia Islámico (Hamas) en su feudo de Gaza o mostrándose en el atribulado Líbano donde actúa otro terrorismo, distinto y distante, como es el del Partido de Dios (Hizbollah).

Hay más. Al Qaeda brilla también en escenarios distintos a los campos de batalla clásicos o a los atentados terroristas de diverso tipo, destacándose en el de la propaganda que tan importante es en el mundo global que vivimos. Dominan miles de sitios en internet, que cerrados muchos de ellos por los servicios de seguridad son reabiertos de mil maneras distintas. Sus ya casi invisibles líderes Osama Bin Laden y Ayman Al Zawahiri reaparecen de vez en cuando para dar pautas de comportamiento y guiar el yihad guerrero: las recientes apariciones de Al Zawahiri –el 2 de junio– y de Bin Laden al día siguiente, ambas en audio, reaccionaban a la ofensiva mediática de Obama y su emblemático discurso dirigido al mundo islámico desde la cairota Al Azhar.

Sus renovadas promesas de paz para Oriente Medio, junto a su compromiso –de calado político pero de difícil realización práctica– de cerrar el campo de detención de Guantánamo dentro de este año, colocan a Obama en las antípodas de su predecesor, el tan denostado George W. Bush. Muchos lo celebran. Pero es indudable que ante enemigo tan determinado a matar como es Al Qaeda –que ni acepta ni aceptará otra cosa que no sea su victoria– no tendrá más remedio que continuar trabajando en los mismos escenarios, y en otros que surgirán por doquier, para tratar de derrotar a lo que ocho años después sigue siendo una verdadera amenaza para Estados Unidos y occidente.

Ocho años después, la guerra contra nosotros continúa. El esfuerzo contra el yihadismo, allí y aquí, debe ser permanente. Cualquier otra respuesta, incluidas las conciliadoras, alimentarán un terrorismo que medra, gracias entre otras cosas, a las divisiones y a los replanteamientos de sus enemigos, que somos nosotros, y que a menudo ni siquiera sabemos que lo somos.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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