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Otra vez Erdogan

Durante mucho tiempo, los europeos han jugado con la fantasía de la moderación islamista de Erdogan. Ahora vemos el error. Desde el año 2003, Turquía ha ido girando en todo momento hacia el islamismo.

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Una de las mayores perversiones de la actual deriva de Naciones Unidas consiste en haberse convertido en instrumento de grupos y regímenes despóticos para fortalecerse diplomáticamente en la esfera internacional enfrentándose a las democracias occidentales. El caso actual más flagrante es el de Ahmadineyad. El iraní que ha mostrado públicamente su disposición a borrar a Israel del mapa, y que conculca salvajemente los derechos humanos y la dignidad de los iraníes –vulnerando la Carta de Naciones Unidas– se ha paseado orgulloso por los pasillos del edificio de la ONU durante los pasados días, con una nutritiva ronda de contactos. Y es que de la última cumbre de la ONU en Nueva York, el protogenocida iraní ha vuelto diplomáticamente más fortalecido, tras una intensa agenda con representantes de otros países.

¿No resulta absurdo que las Naciones Unidas promuevan sanciones contra Irán mientras le proporcionan el altavoz y la posibilidad de realizar giras diplomáticas sin moverse de Manhattan? Allí turcos e iraníes han vuelto a negociar el incremento de su relación económica y tecnológica, cada vez más estrecha con Erdogan. Todas las sospechas apuntan a que Irán podría estar utilizando el sistema financiero turco para burlar las sanciones internacionales y continuar con su programa nuclear. Erdogan ya salió a auxiliar al régimen iraní en mayo de este año, en un acuerdo tripartito al que se sumó el presidente brasileño, Lula.

La nueva vuelta de tuerca turca coincide con la celebración en la Europa más tierna del éxito de Erdogan en la reforma de la constitución turca, que otorga más poder al Parlamento y al Ejecutivo, y que se lo quita al Ejército, garante durante los últimos decenios de la modernidad y la moderación en la política turca. En los últimos años, estas dos cosas están en retirada de la sociedad turca, de la mano del "islamista moderado" Erdogan, tan celebrado en Occidente.

En verdad, hablar de un "islamista moderado" es como hablar de un "fascista moderado": a nadie se le ocurriría dialogar con un "fascista moderado" distinguiéndolo de un "fascista radical" –salvo, claro está, que usted sea gobernante socialista español y el fascista sea además terrorista, en cuyo caso todo es posible. Durante mucho tiempo, los europeos han jugado con la fantasía de la moderación islamista de Erdogan. Ahora vemos el error. Desde el año 2003, Turquía ha ido girando, a veces más rápido, otras más lentamente –pero siempre en la misma dirección– hacia el islamismo. Si a ello se unen los intereses estratégicos turcos, que a veces miran a Oriente, tenemos el giro de un miembro de la OTAN hacia un Irán que en cuestión de meses tendrá el arma nuclear y que amenaza con usarla contra la única democracia occidental de Oriente Medio amordazando a sus aliados euroatlánticos, lo que supone otro considerable absurdo. Y con todo, esta locura no es lo peor: lo peor es que el último capítulo de los planes turco-iraníes ha venido hospedado y acogido por Naciones Unidas.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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