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Otra vez las armas nucleares

Obama espera que este acuerdo desencadene todo un replanteamiento de lo nuclear a escala universal. Lo que sería muy bueno es que no olvidase otro de los grandes descubrimientos de los inicios del innovador armamento: que no son desinventables.

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Lo más importante de la bomba, según Bernard Brodie, primer estratega atómico, es su existencia. Esta perogrullada es quizás lo más profundo que se haya dicho nunca sobre el tema. La bomba se caracteriza por una potencia muchas veces superior a todo lo preexistente, multiplicada poco tiempo después por la de carácter nuclear, hasta límites impensados por la humanidad hasta el momento en que se dieron a conocer las primeras pruebas. Una acumulación de ellas podría llegar, si se dispusiera su uso con ese propósito, a eliminar la vida sobre la tierra. Toda una novedad, no cabe duda.

Las armas nucleares siguen existiendo, luego esa posibilidad no ha desaparecido, si bien ahora se construyen más pequeñas, porque la mayor precisión en el tiro hace superfluos los excesos de potencia, mientras que acabar con el planeta no ha sido nunca su objetivo. Además hay muchas menos, porque los colosos atómicos de la guerra fría llegaron a la conclusión de que una capacidad de "supermatar" era innecesaria y no hacía más que aumentar el peligro de accidente o uso incontrolado. De ahí toda la extensa disciplina del control de armamentos, componente esencial de la estrategia nuclear, asignatura más que troncal en el delicado ejercicio del equilibrio del terror y la contención del expansionismo comunista, en las relaciones este-oeste durante cuarenta años largos. 

El alivio producido por la desaparición del imperio soviético le dio un tremendo y nunca suficientemente recordado mentís a las falacias del pacifismo e izquierdismo de los años de la distensión. A pesar de su inherente peligrosidad, no eran las armas las que infundían pavor, sino quien las poseía, y las culpas no estaban repartidas al 50%. Con todo, esa inherente peligrosidad sigue viviendo con nosotros y sigue habiendo regímenes cuya naturaleza política hace verdaderamente temible su ambición nuclear y desvela, sin lugar a duda, la intencionalidad de sus aspiraciones. Ese fue el caso de Saddam Husein y lo es de Corea del Norte e Irán, e incluso Siria, que también ha hecho sus escarceos. Otros se lanzarían a la carrera si alguno de éstos consiguiera sus propósitos.

Los tratos con el país del comunismo en una sola familia y con el de los ayatolás chiíes no han producido resultados. Sin embargo, los dos grandes protagonistas de la historia del control de armamentos, Rusia y Estados Unidos, han hecho público el pasado 26 la consecución de un acuerdo que reduce nuevamente sus arsenales a un total de 1.550 cabezas estratégicas –bombas que pueden alcanzar el territorio de la otra potencia– por cada bando, contando cada bombardero atómico como una cabeza, con independencia del número de artefactos que transporte. En cuanto a los vectores de proyección –llamados SNDV: Strategic Nuclear Delivery Vehicle–, misiles intercontinentales, misiles lanzados desde submarinos y bombarderos intercontinentales, cada uno puede poseer hasta un total de 800, pero sólo 700 desplegados. Este nuevo tratado reaviva el ejercicio del control de armamentos, pero no respecto a aquellos, citados anteriormente, para los que la urgencia sería mayor. Cae en el espejismo de considerar a Rusia como igual de los Estados Unidos, y deja encantadas a las otras potencias nucleares oficiales (Reino Unido, Francia y China), o no (India y Pakistán), porque se quedan más cerca de los grandes.

Por parte de la administración Obama existe la esperanza de que este acuerdo desencadene todo un replanteamiento de lo nuclear a escala universal. Lo que sería muy bueno es que no olvidase otro de los grandes descubrimientos de los inicios del innovador armamento: que no son desinventables.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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