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Pakistán, ¿un aliado?

La alianza con Pakistán es tan frágil como crucial. El futuro pasa por lograr estabilizar la democracia, contener a los islamistas y reducir la influencia política de las Fuerzas Armadas.

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El gobierno de Pakistán ha sido un aliado fundamental en la lucha contra las milicias de los talibanes en Afganistán. A su vez, las Fuerzas Armadas han desempeñado un papel relevante en el mantenimiento de la estabilidad y el orden en un país en el que la democracia no acaba de arraigar por culpa de una letal combinación entre corrupción y fanatismo.

Todo lo anterior es tan cierto como que las Fuerzas Armadas paquistaníes, dirigidas durante años por el todavía presidente Musharraf, han protegido durante décadas a los talibanes, convencidas de que eran una buena garantía de seguridad para su frontera norte. Los vínculos continúan siendo importantes, hasta el punto de que la colaboración con las fuerzas de la OTAN estuvo siempre limitada a territorio afgano, preservándose un reducto que garantizara la supervivencia y capacidad operativa de los talibanes. Los generales necesitaban romper el aislamiento internacional consecuencia de su acceso al arma nuclear y acceder a la generosa ayuda económica norteamericana. La colaboración en Afganistán era un precio aceptable, pero nada más.

Pakistán es la única nación islámica que ha accedido al arma nuclear. Durante años su principal responsable técnico, el Dr. Kahn, facilitó información y tecnología a otras naciones musulmanas para que avanzaran con la mayor velocidad posible en pos del mismo logro. Su colaboración con Corea del Norte llevó a un intercambio de información nuclear por tecnología de misiles beneficiosa para ambas partes y para sus respectivos clientes. Recientemente, el Dr. Kahn ha hecho unas importantes declaraciones consecuencia de su malestar por seguir sufriendo un arresto domiciliario que considera injusto. Kahn ha declarado que sus gestiones a favor de la proliferación nuclear en el ámbito islámico estuvieron siempre apoyadas por las autoridades militares y, en especial, por el general Musharraf. Lo dicho por Kahn no aporta nada sustancial a lo ya sabido. Era imposible que un ingeniero, por su cuenta y riesgo, realizara gestiones de tamaña importancia y de materia tan delicada con otros gobiernos. No era una iniciativa particular, era una política de Estado. De ahí que el "castigo" impuesto por la dictadura militar fuera tan benigno: arresto domiciliario, una reprimenda y carpetazo. Si Estados Unidos lo aceptó fue porque no tenía otro remedio. La dictadura militar era un mal menor y su alianza en Afganistán una necesidad perentoria.

La ausencia de novedades no resta importancia a los hechos. Las Fuerzas Armadas han tratado y continúan tratando de bloquear cualquier campaña de persecución contra los talibanes y miembros de al-Qaeda en Pakistán. Son sus protegidos y mantienen lazos de estrecha intimidad con clanes paquistaníes que plantearían serios problemas de estabilidad en caso de enfrentamiento abierto. Esos militares, con Musharraf a la cabeza, son los mismos que llevaron a cabo la campaña de proliferación nuclear más grave de la historia. Los mismos que pueden estar detrás de los atentados terroristas contra la presencia diplomática y comercial india en Afganistán.

La alianza con Pakistán es tan frágil como crucial. El futuro pasa por lograr estabilizar la democracia, contener a los islamistas y reducir la influencia política de las Fuerzas Armadas. De no lograrlo, nos seguiremos encontrando con una sociedad inestable y un estado dotado de una formidable capacidad destructiva. Dependiendo de quién acceda al poder la situación puede hacerse crítica. De ahí la importancia de apoyar al actual gobierno elegido libremente y tratar de facilitar la transformación de Pakistán en una sociedad moderna con una economía solvente y unas clases medias poderosas. Es mucho lo que está en juego.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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