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Paz o guerra

El petróleo está precisamente en esa todavía discutida línea divisoria entre las dos regiones, potencialmente ya dos países diferentes, pero con la mayor superficie de yacimientos en el Sur.

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Este domingo 9 ha comenzado en Sudán el referéndum que debería conducir a la pacificación definitiva del Sur negro del país, que se mantiene relativamente tranquilo desde la firma de un acuerdo de paz en el 2005. Al acuerdo se llegó gracias a los buenos oficios, presiones y esfuerzos de los Estados Unidos. La consulta popular sobre el mantenimiento de la unidad o la secesión meridional estaba prevista en ese Tratado, y hasta el inicio de la consulta nadie estaba seguro de que se llegase a celebrar, aunque las dudas han ido disipándose con la cercanía de la fecha. Ahora de lo que nadie puede estar seguro es de que se respeten los resultados. Por el contrario, todo el mundo da por supuesto que los votantes se inclinarán masivamente por la separación. El problema es, pues, que va a decidir el Gobierno central y su ejército. Como signo de mal agüero, las fuerzas armadas de las dos partes han aprovechado estos años de paz en el Sur, –coincidentes con las masacres de Darfur en el Oeste– como se suelen aprovechan las treguas, para rearmarse y posicionarse cada uno del lado de la problemática línea de demarcación, sobre la que el ejército oficial ha tenido algunas actuaciones de considerable brutalidad.

Incluso la actual seguridad en los resultados es cosa reciente entre los dirigentes separatistas. Los devastadores años de guerra empujaron a millones de sus paisanos hacia el Norte, hacia el terreno enemigo, donde estaban neutralizados pero podían vivir tranquilos. El voto de estos desplazados era una incógnita. Finalmente la campaña por regresar a la tierra para emitir el voto ha dado buenos dividendos, y sólo un 4,5% de los inscritos lo han hecho fuera del territorio. Esto hace predictible el resultado de una consulta compleja en un país y un área muy pobre y subdesarrollada, con lo que no se espera conocer el recuento definitivo hasta finales de enero.

La incógnita reside, por tanto, en la reacción de Jartún. El presidente Omar El Bashir –acreditado violador a gran escala de derechos humanos y apestado internacional– después de rechazar durante años toda posibilidad de escisión ha mostrado últimamente su resignación a lo que inexorablemente será la voluntad popular de las poblaciones negras cristianas o animistas del Sur frente al control de la mayoría árabe musulmana del norte. La guerra entre ambas, que estalló nada más declararse la independencia en 1955 y renació en toda su virulencia a mediados de los 80, sólo ha quedado en coste humano por detrás de la del Congo en el contexto de las catástrofes continuas del África bélica poscolonial. Pero las palabras de El Bashir carecen de credibilidad. Finalmente hará lo que le convenga para conservar el poder en el Estado y en el interior de su partido.

A los odios étnicos ancestrales entre las poblaciones del Norte y del Sur –que está en el origen de todo– se une el juego político actual, que cuenta con un poderoso factor nuevo, el petróleo, el cual ha importado a un exótico jugador externo: China. El petróleo está precisamente en esa todavía discutida línea divisoria entre las dos regiones, potencialmente ya dos países diferentes, pero con la mayor superficie de yacimientos en el Sur. Esto sería un factor poderosísimo en la intransigencia unionista, pero Jartún cuenta con una baza importante: la única salida de la producción es a través de lo que en todo caso seguirá siendo su territorio. China, por su parte, el gran inversor y cliente del oro negro, ha apoyado sin vacilación al gobierno central en todos sus desmanes, pero ante la inminencia de lo inexorable ha dado recientemente un giro de 180 grados para acercarse a la nueva nación potencial. Este descarnado pragmatismo lo llaman amor por la estabilidad. Y verdaderamente, la estabilidad está en juego para toda una gran área africana ya muy amenazada por elementos desestabilizadores.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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