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Perdidos en la guerra

Los demócratas tienen una base pacifista a la que el destino de los iraquíes le importa tan poco como les importó a sus predecesores el de los camboyanos bajo los genocidas jemeres rojos.

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Se pone siempre como ejemplo de lo imposible, pero los demócratas estadounidenses parece que quieren estar sólo un poquito embarazados...de Irak, claro. Llevan mareando la perdiz desde que pasaron las anunciadas cien horas de sesiones parlamentarias, en las que prometían el desarrollo de grandes innovaciones legislativas que resultaron más efectistas que efectivas y más demagógicas que benéficas. Irak vino a continuación. Ya va más de un mes en que es tema casi monográfico sobre el que se turnan ambas cámaras del Congreso, aunque a veces las dos juguetean con ello simultáneamente. Sólo tienen claro que algo hay que hacer pero no saben qué o no se atreven a saberlo.

El "vivo sin vivir en mi" de nuestra Santa Teresa no es nada comparado con las angustias que Irak depara al Partido Demócrata norteamericano. Retirarse, por supuesto. Es el único punto en el que están de acuerdo. Pero a qué ritmo, cómo, cuándo, a dónde y, sobre todo: después, ¿qué? Empezando por el final, el después qué mejor ni mencionarlo. Nadie esboza una hipótesis sobre lo que va a resultar de la retirada, sea cual sea su modalidad. Al fin y al cabo, el permanecer divididos les ahorra tomar la decisión. Mientras tanto, tratan de repicar y estar en misa, nadar y guardar la ropa.

Tienen una base pacifista a la que el destino de los iraquíes le importa tan poco como les importó a sus predecesores el de los camboyanos bajo los genocidas jemeres rojos. Sus próceres procuran contentarla socavando el último esfuerzo, por el momento y quizás para siempre, de la Administración Bush para cambiar el signo de los acontecimientos en Bagdad. Tratan de mantenerse en la cresta de la ola del descontento popular con la guerra sin asumir la responsabilidad de abortarla de forma decisiva. Hasta para ellos mismos deber ser problemático aclararse si desean acelerar el fin porque no ven posibilidades de conseguir ningún tipo de resultado positivo o si lo que buscan es el fracaso porque cualquier éxito, por tenue que fuera, les daría un balón de oxígeno a los republicanos.

Estos se enfrentan con el mismo dilema pero al revés. La ola popular les es adversa y sienten fuertes tentaciones de tratar también de encaramarse a la cresta, pero para ellos la posibilidad de un revolcón es mucho mayor todavía. El seguir apoyando a su presidente puede empeorar las cosas a unos meses vista, un momento más cercano de las elecciones en las que muchos se juegan el escaño, pero subirse al carro derrotista no hace más que acelerar el fracaso del que difícilmente pueden salir indemnes. Y si –¡oh milagro!– las cosas mejoraran en Mesopotamia quedarían en la más desairada de las situaciones. Aunque algunos vacilen el partido está aguantando y poniendo a sus rivales en el disparadero: si quieren abandonar no hay más que un método, bloquear las dotaciones presupuestarias. Esa es la prueba de la verdad.

Mientras tanto, han puesto una adivinanza en circulación. A qué candidata a la nominación demócrata le gustaría decir: "Aunque apoyé la guerra en su momento es obvio que no fui sincera. Si llego a saber que podía ganar unas elecciones oponiéndome, lo hubiera hecho sin dudar."

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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