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Primeras conclusiones de un mes aciago

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Junio nos deja y tras de sí quedan unas semanas de intensa vida diplomática. El Consejo de Seguridad aprobó la ansiada resolución que debía amparar la nueva fase de la reconstrucción Irakuí, ya con un gobierno nacional encargado de convocar unas elecciones generales. El G-8 se reunió en Florida y aprobó un primer texto sobre la Iniciativa para el Gran Oriente Medio. Estados Unidos y la Unión Europea se encontraron en Irlanda, dejaron oficialmente atrás las disputas sobre la Guerra de Irak y se comprometieron a seguir trabajando en pos de la democracia y la seguridad. En Estambul la cumbre de la OTAN se ha pronunciado sobre la necesidad de colaborar en la reconstrucción de Irak y de Afganistán. Aunque todavía no disponemos de la documentación completa, podemos adelantar algunas conclusiones a la vista de las informaciones de prensa publicadas.
 
Las razones fundamentales de la tensión en el seno de la comunidad transatlántica siguen en pié. Por distintas razones –contrapoder en un caso, pacifismo en otros- un conjunto de estados europeos rechaza los principios de la estrategia norteamericana en la Guerra contra el Terror y no está dispuesto a secundarlos.
  1. Muchos estados europeos confían en que un desastre norteamericano en Irak acabe con su vigente estrategia, expresión de su músculo hegemónico, y de paso a un nuevo período caracterizado por unos Estados Unidos más dispuestos a someterse a las condiciones de sus aliados europeos.
  2. Los europeos aceptan los principios de la Iniciativa para el Gran Oriente Medio. No podía ser de otro modo ¿Cómo se iban a oponer a que estos estados prosperen y se hagan más justos y representativos? Pero obvian los temas más delicados sobre la forma de llevar a cabo estas reformas. Mientras no se resuelva el enigma de quién será el futuro presidente norteamericano no cabe esperar novedades.
  3. Los europeos aceptan que la tensión diplomática sobre la cuestión iraquí no puede mantenerse, a la vista de la cesión de soberanía a un gobierno nacional, y que es necesario dotar al proceso de un marco jurídico. La resolución 1546 de 8 de junio de 2004 refleja el nuevo cambio de actitud, pero choca con las posiciones que de hecho algunas de las grandes potencias adoptan. Por una parte acuerdan que hay que ayudar a Irak, en particular en el terreno de la seguridad, pero, por otra parte, no envían tropas porque eso sería plegarse a los intereses norteamericanos que han venido combatiendo. Ya que Estados Unidos ha empezado esta campaña, que Estados Unidos la acabe si es que puede. Lo de menos pues es la seguridad y la democracia en Irak, lo relevante es el equilibrio entre las grandes potencias.
  4. En Afganistán no hay diferencias diplomáticas, pero la ayuda europea sigue siendo exigua. Durante meses viene discutiéndose el aumento del contingente para poder hacerse cargo del conjunto del territorio afgano -por ahora sólo están presentes en Kabul- y garantizar el normal desarrollo del proceso electoral. Los problemas, que los hay y son muy importantes, derivan de la falta de inversión europea en defensa a lo largo de muchos años y del déficit público de algunas de las grandes naciones del Viejo Continente. Con cuatrocientos millones de habitantes y un nivel de riqueza excepcional, Europa es incapaz de situar un contingente numeroso a considerable distancia para llevar a cabo una operación de paz. En Afganistán hay unos 20.000 soldados norteamericanos, que actúan al mismo tiempo que otros 140.000 lo hacen en Irak.
  5. La Alianza Atlántica está muerta, pues los estados miembros no se ponen de acuerdo sobre amenazas y estrategias y sus Fuerzas Armadas no pueden actuar conjuntamente debido a incompatibilidades técnicas. En Estambul se han reunido jefes de estado y de gobierno en el marco de un club de seguridad, pero ya no de una alianza.
La comunidad transatlántica se descompone paulatinamente. En Estados Unidos se preguntan que utilidad tiene buscar el apoyo europeo si cuando lo consiguen no sirve para casi nada. En Europa aumentan los defensores del desenganche con Estados Unidos y de las viejas estrategias de pacificación, cuando no del pacifismo más elemental o de las nuevas corrientes antiglobalizadoras, nueva forma del más viejo antiliberalismo. Lo que la Unión Soviética cohesionó no consigue sobrevivir al reto de las nuevas amenazas.

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