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Problemático Irán

El programa nuclear y la numantina diplomacia que lo ampara está directamente en manos del Guía de la Revolución, el gran ayatolá Ali Jamenei, sucesor de Jomeini, y poder último en un intricado sistema institucional.

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Tenemos Irán para rato. Los ayatolás y sus partidarios no quieren hacer mutis bajo ningún concepto, y si a sus conciudadanos no les gusta, peor para ellos. El alza imparable del precio del oro negro les asegura un seguir al mando, aunque la economía sea un desastre. Mandamases y mandados tienen un alto concepto de sí mismos como nación y de su papel en el área del mundo que les ha tocado. País varias veces milenario, con un respetable potencial demográfico, casi setenta millones y muy jóvenes, y una clase media educada, mira por encima del hombro a sus vecinos árabes y piensa que, por exigencias de seguridad y por los derechos que le otorga una condición superior, debe ejercer una primacía sobre su entorno.

Para asegurar este papel de hegemón y blindar el régimen, nada mejor que unas cuantas bombas atómicas. Nada porque cualquier alternativa es del todo insuficiente y no alcanza ni a garantizar el régimen ni a satisfacer sus aspiraciones regionales. Por lo demás, el objetivo nuclear goza de una aceptable popularidad, imposible de cuantificar. Al menos no repugna, en general, a los iraníes. Más bien los llena de orgullo. "¿Por qué nosotros no?", es la respuesta a todas las objeciones. Incluso los más renuentes son sensibles al argumento defensivo: "Sufrimos una tremenda agresión por parte de Irak con el apoyo de todos los árabes. Sadam empleó armas químicas y misiles contra nuestras ciudades y nadie nos echó una mano". Ese "nos" era el jomeinismo en todo su rabioso esplendor, lo que lo explica todo, pero los iraníes contabilizan la amargura de la insolidaridad en términos nacionales, no ideológicos.

Aunque la ambición nuclear no suscite un rechazo per se entre los opositores al régimen, que son mayoría, se tiende a pensar que el tema no merece un enfrentamiento con la comunidad internacional y que el precio a pagar por el desafío resulta demasiado alto. Tampoco les hace gracia que el asunto lo capitalice el poder islamista como victoria y cauce para llevar el orgullo nacional a su molino, pero nadie está en condiciones de medir la amplitud e intensidad de estos sentimientos de disidencia, por más que constituyan el sueño de oro de los occidentales, con americanos e israelíes en cabeza. La mejor solución es que la solución viniera de dentro. No es metafísicamente imposible pero no parece que pase de una ilusión. El régimen está más que dispuesto a impedir que los sueños no se conviertan en realidad.

Dado que el tema nuclear es visto por el liderazgo como cuestión de supervivencia y le permite incluso ganar algunos puntos entre la población, a la que, por lo demás, no se le da ninguna vela en este entierro, no se ve la más mínima posibilidad de que cedan. El programa nuclear y la numantina diplomacia que lo ampara está directamente en manos del Guía de la Revolución, el gran ayatolá Ali Jamenei, sucesor de Jomeini, y poder último en un intricado sistema institucional. Los genocidas exabruptos del presidente Ahmadineyad hay que tomárselos, pues, con algún descuento, pero no desecharlos de plano. El amenazador personaje está muy bien conectado con los Guardias de la Revolución, los pretorianos del régimen, que en algún momento podría pretender pasar de guardianes a amos.

Con estas realidades los llamamientos a una diplomacia más esforzada, amplia, densa e intensa suenan a música celestial. ¿Qué se les puede ofrecer que los induzca a tirar por la borda lo que ven como su derecho y su solución perpetua y por lo que tanto han bregado? Es tabú, pero cualquiera diría que sólo una amenaza creíble de algo mucho peor.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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