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Sadam, Al-Qaeda y la guerra de Irak

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El último informe de la comisión del 11-S en Estados Unidos afirma que no ha encontrado claras evidencias de una conexión entre Sadam y Al-Qaeda en relación con los ataques sufridos en Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001. Ni más ni menos. La prensa crítica a Bush, prácticamente la totalidad de la española, ha querido interpretar esa afirmación, limitada en el tiempo, como una generalización entre los vínculos de Saddam y el terrorismo internacional, aspirando así a deslegitimar la intervención armada en Irak. Pero el informe de la comisión no va tan lejos, sólo se refiere a los ataques de aquella fatídica fecha.
 
De hecho, lo contrario de lo que se quiere decir por estos lares, es lo correcto: que Sadam y el terrorismo internacional tenían un amplio catálogo de connivencias y, aún más temible, que nadie en su sano juicio podía afirmar a comienzos del 2003 que no llegaría a desarrollar una nuevas conexiones en el futuro. Por ejemplo, Sadam albergó a notables miembros de grupos palestinos en su suelo y gentes como Abu Nidal contaban con oficinas abiertas y reconocidas públicamente en Bagdad. Pero es más. Sadam dio asistencia médica, refugio y dinero a Al Zarqawi, como sabemos ahora el principal dirigente de Al-Qaeda en Irak. Y ya antes había mantenido oscuras relaciones con otros miembros de la banda de Ben Laden. Particularmente, como ha puesto minuciosamente de relieve Laurie Mylroie en su libro The War against America, el cerebro del primer ataque contra las Torres gemelas, en 1993, un tal Ranzi Yousef, en realidad era un agente de la inteligencia iraquí, que había suplantado la personalidad de un kuwaití de origen pakistaní, Abdul Basit, y que habría sido el responsable de estructurar la célula de islamistas que pusieron las bombas entonces, así como, tras su huida de los Estados Unidos y su posterior refugio en Filipinas e Indonesia, contactar con el principal delegado de Bin Laden en la zona. Y hay más incidentes en los que la falta de pruebas no quiere decir automáticamente que no se produjeran. Está el famoso encuentro entre Mohamed Atta y un destacado miembro del Muhabarat de Sadam en Praga, antes de los atentados del 11-S.
 
Pero, sobre todo, hay algo claro: la conexión entre Sadam y Al-Qaeda no se puede ni debe limitar al 11-S, ni a antes, ni a después. Es algo tenue pero sostenido. De ahí el temor de que pudiera dar pie a una colaboración más mortífera si cabe. Por otro lado, la lucha contra el terrorismo no sólo pasa por eliminar o detener a los terroristas, sino también por erradicar los factores que contribuyen al auge del terrorismo y no cabe duda de que Sadam Hussein era uno de esos factores. De momento se han acabado los pagos, por ejemplo, a las familias de los terroristas suicidas palestinos, pagos que no eran tanto una compensación como un incentivo para los atentados. Además, se ha puesto fin al suelo iraquí como santuario oficial de grupos como Ansar Al Islam. Y, desde luego, se ha quitado el principal obstáculo para un cambio en las condiciones políticas y económicas de toda la zona. No es casual que sólo tras la guerra de Irak haya cobrado auge la Iniciativa por el Amplio Oriente Medio y Norte de África, con una agenda de reformas liberalizadoras cuyo último propósito es robar al terrorismo su gran caldo de cultivo que es el mundo árabe.

Sadam no era ningún santo y que no estuviera implicado de manera probada en los ataques del 11-S no le exime de toda su trayectoria de apoyo al terrorismo. Ni impide pensar que pudiera haber llegado a algún tipo de acuerdo con Ben Laden en el futuro, toda vez que cada vez era más ambicioso, vengativo, pero también temeroso del poder militar americano. Era la posibilidad de que en el algún punto del futuro cercano se cruzaran las dos curvas de peligro del Irak de Sadam, armas de destrucción masiva y grupos terroristas, lo que estaba en el cálculo de la intervención para su derrocamiento. Sadam era un obstáculo para la guerra contra el terrorismo y su derrota una victoria para las democracias.

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