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Salida a gusto de nadie

Se acaban de completar los incrementos de tropas asociados con la nueva estrategia propuesta por Bush a comienzos del año, y ésta empieza a producir resultados todavía inciertos pero francamente prometedores.

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¿Por dónde se sale de Irak? Cuando todo el mundo sabe que los norteamericanos deben marcharse y que estos se mueren por hacerlo, resulta que los iraquíes, campeones mundiales del conspirativismo, han llegado también a convencerse de que a los estadounidenses les importa un bledo su petróleo y no sueñan más que en poner tierra por medio. Llegados a este punto, el ansia de hacer mutis por el foro de los invasores es directamente proporcional al temor que la posibilidad engendra entre los actores locales y todos sus vecinos.

Dentro, cualquiera confía más en los norteamericanos que en sus rivales étnicos. Fuera, todos se siente muy felices de que las tropas de Washington estén empantanadas y no listas para dar cuenta de la embriónica amenaza iraní, de las turbias políticas sirias o sirvan de respaldo a las ahora enmudecidas presiones democratizadoras sobre todos los países del área. Y de chinos y rusos, para qué hablar. Todo lo que desangre e inmovilice al hegemón no puede más que ser bienvenido.

Expresando un sincero deseo de retirada ya sólo queda Al Qaeda y, confusamente, los seguidores del demagogo chií Al Sadr. Otra cosa es, naturalmente, lo que puede decirse, porque los tabúes sobreviven a las circunstancias que los crearon y correcciones políticas existen en todas las latitudes.

Esta contradicción entre los deseos de todo Washington y los de casi todos los directa o indirectamente implicados en el conflicto debería ser un tesoro estratégico en manos de la Casa Blanca. Cualquiera tiene mucho más en juego que los Estados Unidos, si bien América es la única en poner en cuestión su prestigio mundial. Una sabia gestión de esos temores podría constituir una brillante y provechosa estrategia de salida. Lo malo es que esa es una sabiduría todavía más difícil de alcanzar que una intervención limpia, con derribo de tiranía y vítores de los liberados.

No se trata de desconfiar solamente de la administración Bush, después de todos los escollos contra los que se ha estrellado, sino que todos los caquécticos planes de retirada que los demócratas han propuesto adolecen de las mismas ilusorias ingenuidades y ni se atreven a dedicar un pensamiento a las muy probables catástrofes a que daría lugar la desaparición de los soldados norteamericanos sobre el terreno.

Y todo ello en el momento en que se acaban de completar los incrementos de tropas asociados con la nueva estrategia propuesta por Bush a comienzos del año, y ésta empieza a producir resultados todavía inciertos pero francamente prometedores.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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