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Sean coherentes

Para que el Tratado de No Proliferación pueda funcionar correctamente es indispensable que exista un principio de disuasión. Que cada estado sepa que incumplir los compromisos contraídos tiene un coste intolerable

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Las políticas de control de armamento, incluidas las referentes a la no proliferación nuclear, han encontrado más defensores entre los políticos de izquierda que entre los liberal-conservadores. La razón se encuentra en una característica originaria. Mientras los primeros tienen, con Rousseau, una visión angelical de la condición humana, incluso tienden a exculpar al delincuente de sus comportamientos antisociales porque ha sido la propia sociedad la que le ha corrompido; los segundos, más devotos de Hobbes, estamos convencidos de que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre.
 
Estas políticas giran en torno a la posibilidad de llegar a un acuerdo con otro estado, normalmente una dictadura, sobre la cantidad de armamento que se puede mantener, su despliegue y determinadas medidas de garantía. El problema reside en la confianza que se tenga en el otro. Las izquierdas tienden a creer, quieren creer, que es posible arbitrar mecanismos que aseguren el correcto cumplimiento de lo acordado. Los liberal-conservadores tendemos a pensar que un gobierno despótico, que actúa arbitrariamente contra su propia gente, puede engañarnos en cualquier momento.
 
Lo ocurrido con Corea del Norte es un buen ejemplo. Clinton se encontró con que el régimen comunista estaba desarrollando un programa nuclear militar, a pesar de haber firmado el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares. Negoció y consiguió firmar un Tratado Marco en 1994, por el que Corea del Norte se comprometía a abandonar el programa a cambio de ayuda económica y de la construcción de centrales nucleares de “agua ligera” para generar su propia energía eléctrica. Clinton creyó haber resuelto un problema, pero no hizo más que complicarlo. Los comunistas aprovecharon el Tratado para ganar tiempo, recibir ayudas y avanzar hasta conseguir su objetivo: tener armamento nuclear. La buena fe demócrata y unos sistemas insuficientes de control permitieron a Corea del Norte engañar al mundo y entrar en el club nuclear.
 
Europa está jugando un papel relevante en la negociación con Irán. Tanto la clase política como la ciudadanía creen en el régimen de no proliferación como salvaguarda de la paz internacional. Tratan sinceramente de evitar la crisis del régimen vigente pero, a la hora de actuar, entran en contradicción.
 
Para que el Tratado de No Proliferación pueda funcionar correctamente es indispensable que exista un principio de disuasión. Que cada estado sepa que incumplir los compromisos contraídos tiene un coste intolerable. Sólo así se podrá evitar el goteo de abandonos en el que nos encontramos. Pero el pacifismo y la vocación “apaciguadora” de los europeos les aboca a entregarse en manos del Consejo de Seguridad y demás organismos de Naciones Unidas, en la permanente confusión de que son un gobierno mundial regido por un derecho internacional bien desarrollado que sólo existe en su imaginación. No lo son. No lo han sido nunca. El Consejo de Seguridad es un directorio de grandes potencias que sólo puede ser eficaz cuando llegan a un acuerdo, lo que, como es normal, casi nunca ocurre, pues sus intereses son contradictorios.
 
Si Europa cree en el régimen de no proliferación debe ser coherente y luchar por su pervivencia. Para ello tiene que asumir que, una vez más, lo más probable es que la ONU fracase y que habrá que volver a actuar fuera de su cobertura, como no hace tanto tiempo ocurrió en relación a la crisis kosovar.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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