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Seis años después

Las escuchas e interceptaciones de comunicaciones que la CIA u otras agencias realizan diariamente sobre sospechosos de terrorismo islámico son una broma si se comparan con la que se practican en Europa por razones mucho más espurias e inconfesables.

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Seis años más tarde, el 11 de septiembre vuelve a caer en martes. Nadie puede asegurar con total fiabilidad que no va a volver a ser un martes negro, habida cuenta de la fijación del yihadismo con las fechas y los simbolismos, pero parece poco probable que Al Qaeda tenga capacidad de golpear de nuevo a Estados Unidos con la intensidad e imaginación del 11-S de 2001.

No puede decirse lo mismo en el caso de Europa, o al menos no con tanta fiabilidad. La razón es muy sencilla. Los Estados Unidos reaccionaron desde el primer momento como si estuvieran en guerra, intentando llevar la batalla al territorio del enemigo, por muy elusivo que éste fuera. De ahí Afganistán e Irak. Pero también otras operaciones menos conocidas en Filipinas, Mauritania y el Cáucaso. Por el contrario, los europeos elegimos ver a los terroristas como un asunto criminal y, en consecuencia, como un problema con el que lidiar en nuestro propio suelo.

La realidad de los hechos debiera haber llevado a Europa a plantearse si estaba encarando bien el problema de la yihad y el fundamentalismo islámico. Si bien nadie está exento de sufrir un nuevo ataque, se puede constatar que no ha habido atentados en suelo norteamericano en los años transcurridos desde el 11-S, pero sí se han producido ataques terroristas en Europa. Desde el 11-M y el asesinato de Theo van Gogh en el 2004, al 7 de julio de 2005 en Londres y el ataque de este mismo verano en Inglaterra, pasando por los intentos frustrados por los servicios de inteligencia y policía de agosto de 2006 o el más reciente en Alemania. No ha habido año que estuviera libre de algún incidente.

La semana pasada, nuestro secretario de estado de seguridad, el señor Camacho, pronunciaba una conferencia en el Real Instituto Elcano en la que denunciaba a los Estados Unidos por recortar las libertades públicas al amparo de la guerra contra el terror y arremetía contra la visión neconservadora de considerar la lucha contra la yihad como una guerra. No deja de ser pasmosa la intervención de Antonio Camacho, el miembro de un Gobierno que ha permitido la detención ilegal de dos militantes del PP basándose en una confiesa mentira del entonces ministro de Defensa, don José Bono. O que esconde como puede que algunos de los agentes secretos espiaban ilegalmente a un empresario, como ha sido el caso de Manuel Pizarro.

Las escuchas e interceptaciones de comunicaciones que la CIA u otras agencias realizan diariamente sobre sospechosos de terrorismo islámico son una broma si se comparan con las más numerosas que se practican en Europa y en España por razones mucho más espurias e inconfesables. Esa es la verdad y ese es el régimen de tan peculiares libertades del que ahora se manifiesta defensor el máximo responsable tanto de nuestra seguridad como de nuestra inseguridad.

En cuanto a la interpretación del terrorismo islamista como una guerra, a los discursos de Bin Laden, incluida su última aparición televisada, hay que remitirse. Para los enemigos de nuestra civilización, es una guerra santa. Lo que buscan es un imperio teocrático basado en la ley coránica. Y punto. Ah, y mientras que los enemigos combatientes de Estados Unidos están encerrados y bien tratados en Guantánamo, los nuestros, los de aquí, salen de prisión porque las pruebas judiciales son pobres o escasas. Ese es el problema de tratar a los terroristas como criminales. Que el señor Camacho sólo los busca después de que hayan cometido el delito. Como un buen criminalista. Lástima que para muchos sea ya demasiado tarde.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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