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Seis contra Rumsfeld

Rumsfeld ha pisado muchos callos y ha hecho alguna sangre, pero militares quejándose de ser intimidados no suena nada heroico. En la revuelta hay, entre otros motivos más nobles, un cierto tufillo de venganza.

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Seis generales retirados, recién retirados, han pedido la cabeza de Rumsfeld. Estados Unidos es un país libre y pueden hacerlo pero, ¿está bien que lo hagan desde la ética militar y la prudencia política? Tanto los motivos aducidos como el hecho en sí han dado lugar a una importante polémica en los medios de comunicación y otra mucho más intensa, pero sin apenas huellas visibles, en el seno de las Fuerzas Armadas.

Los seis no han firmado un manifiesto sino que han hablado cada uno por su cuenta. Tanto "Cobra II", el minucioso relato de la guerra de Irak que acaba de publicarse, muy crítico con el papel del secretario de Defensa, como las apariciones televisivas del general Zinni, también en la reserva, promoviendo un libro que no derrocha amor por Rumsfeld, han animado a otros cinco altos oficiales a dar pública rienda suelta a críticas y resentimientos.

Las censuras se pueden reunir en dos grupos: errores estratégicos y trato a los militares. En realidad, los críticos suponen que los primeros provienen de lo segundo. Los rebeldes, cuatro de tierra y dos marines, se quejan de lo que ya antes de la guerra había dicho el general Shinseki, entonces jefe del Estado Mayor de Tierra, en comparecencia ante el comité de Fuerzas Armadas del Congreso: la falta de planificación para la posguerra y su más flagrante deficiencia, la escasez de efectivos. Que no se previó una ocupación como la que ha tenido lugar es obvio. El tema de la falta de hombres es un debate estratégico que requiere un tratamiento extenso.

Lo cierto es que la guerra se ganó, brillantemente, con mucho menos soldados y mucho más deprisa de lo que los generales hubieran querido. Y también es cierto que Rumsfeld hubiera deseado transferir inmediatamente el poder a un gobierno iraquí y marcharse lo antes posible una vez comprobado que no había armas de destrucción masiva. Lo que quiere decir que el trabajo con el que ha tenido que enfrentarse le ha venido impuesto y va contra sus instintos, lo cual no lo exonera de los errores cometidos en su realización.

La segunda parte de las acusaciones atribuyen los fallos a que Rumsfeld no escucha sino que intimida. Demócratas aparte, pues los más radicales han descubierto un nuevo encanto en las críticas de los militares a sus superiores civiles, el jefe del Pentágono ha tenido entre oficiales retirados y antiguos altos responsables de Defensa más defensores que detractores. Todos dicen que Rumsfeld sí escucha aunque también intimida. Y se ha recordado que las ordenanzas exigen a los militares que expresen sus discrepancias a sus superiores civiles.

Rumsfeld no sólo escucha sino que pregunta obsesivamente. Nadie lo ha acusado nunca de excesos de delicadeza. Brutal es la palabra con la que suele ser descrito. Pero muchos de los que han trabajo con él sienten una profunda admiración porque es tan implacablemente exigente consigo mismo como con los demás. Dos cosas no soporta: que alguien no domine los temas que son de su competencia y el boicoteo administrativo de sus órdenes. Rumsfeld ha pisado muchos callos y ha hecho alguna sangre, pero militares quejándose de ser intimidados no suena nada heroico. En la revuelta hay, entre otros motivos más nobles, un cierto tufillo de venganza.

Entre los participantes en la polémica ha existido un amplio acuerdo en que las culpas de lo que en Irak ha salido mal, en la medida en la que se pueden personificar, están muy repartidas. Muchos militares participan en ese reparto, de lo que tampoco hay que escandalizarse demasiado porque la guerra es una sucesión de errores que termina en la victoria, decía Clemenceau. Victoria para el que gana, claro está. Y los americanos no pueden ya ganar en los términos que inicialmente habían esperado, pero de ninguna manera han sido todavía derrotados. Aunque los ex-generales resentidos pueden contribuir a ello desmoralizando a la opinión pública y a sus compañeros en la brecha. Porque soluciones no han propuesto ninguna.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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