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Sensibilidad ofendida

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Las declaraciones del delegado norteamericano en la OTAN, Nicholas Burns, sobre el efecto que tendrían algunos de los planes en marcha para construir una defensa europea en la cohesión de la Alianza Atlántica han provocado reacciones de indignación entre diplomáticos y políticos del Viejo Continente. La idea de que avanzar en la construcción de una política de seguridad y defensa europea es algo contradictorio con la Alianza Atlántica resulta inaceptable para muchos ciudadanos, que tienden a considerar que la clase gobernante norteamericana o ha perdido el sentido común o desea una Europa dividida para manejarla más fácilmente.

Las declaraciones de Burns se han hecho en un contexto determinado, sin el cual difícilmente se pueden entender. En plena crisis de Irak, cuando EEUU dejó muy claro que la posición de Francia y Alemania era irrelevante y la mayor parte de los estados europeos, dirigidos por José María Aznar, pusieron por escrito que no compartían su posición antinorteamericana, los gobiernos de París y Berlín, con el solo apoyo de Bruselas y Luxemburgo, se envolvieron en la bandera del europeismo y promovieron la formación de un cuartel general combinado en Tervuren, en las afueras de la capital belga. Aquella medida tenía como único objetivo escenificar la creación de una estructura europea independiente de la Alianza Atlántica, sin presencia alguna de Estados Unidos. Si hasta entonces el II Pilar de la Unión Europea se había ido consolidando como una entidad complementaria a la Alianza, ahora se daba un paso en sentido contrario. El paso estaba dado, pero el “club de los chocolateros”, como fueron llamados, estaba aislado.

Mientras tanto, Tony Blair trataba de salir de las encerronas que los laboristas y la BBC le habían ido tendiendo. Necesitaba reconstruir su imagen de socialista modernizador y europeísta. Fuera del euro y de Schengen, I y III pilares, sólo le queda el II para poder gozar de algún protagonismo en los asuntos continentales. Ante la sorpresa de aliados y colaboradores, Blair se reunió con Chirac y Schroeder y acordó con ellos la creación de estructuras comunes de planificación militar, para la realización de operaciones específicamente europeas. Blair envió el mensaje de que con aquella maniobra estaba intentando controlar a Francia y Alemania, pero nadie le creyó. Era obvio que trataba de compensar su imagen proamericana por razones de política interior. No parecía importar si se dejaba en la cuneta a España o a Estados Unidos o si con aquella apresurada operación se alentaba, en vez de castigar, el comportamiento de Chirac y Schroeder durante la crisis, tratando de poner fin al vínculo transatlántico.

Blair no cree en lo que está haciendo, pero está dañando seriamente el equilibrio europeo. Los tres grandes van a avanzar juntos en la gran empresa de crear comités y estados mayores, más puestos para diplomáticos y militares, dinero que se restará de la carencia real: capacidades. Y todo ello con el objetivo nada oculto de romper la alianza histórica entre Estados Unidos y Europa.

Nicholas Burns no es un fanático antieuropeísta, sencillamente dice lo que es obvio. Si las grandes potencias europeas concentran sus esfuerzos en construir una estructura de defensa europea autónoma, la OTAN profundizará en su crisis. El problema no está en que los europeos desarrollemos una política de seguridad y defensa común, sino en que ésta se diseñe, como es el caso del que estamos hablando, como alternativa a la OTAN.

GEES: Grupo de Estudios Estratégicos.


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