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Sobre estrategias y medios

Las guerras consisten en una sucesión de derrotas que culminan en la victoria final, decía Clemenceau. Así lo fue para los vietnamitas. Veremos si ahora es el turno de George W. Bush.

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La revelación ha de ser inminente. El nuevo Congreso ya se ha constituido y Bush no puede retrasar por mucho tiempo la publicación de su nueva estrategia para Irak. El gran misterio gira en torno a si la "subida" será de 20 o de 30. Miles de soldados, claro está. Lo de "subida" es una extraña denominación para un aumento de fuerzas. Pero no lo es menos la palabra que hace furor en Estados Unidos: surge, máxime cuando el vocablo alude a un ascenso repentino pero breve, como el de una ola, mientras que los refuerzos se requieren para una larga temporada. Lo que no ofrece duda es el objetivo de la prometida doctrina: la victoria. O quizás sólo el éxito. Sobre esto se mantiene alguna ambigüedad. Pero de ninguna manera la retirada.

Bush deja en la cuneta a todos sus críticos. Se decía que el informe de la comisión Baker-Hamilton era un paño de pudor para cubrir el abandono de la empresa de la manera menos traumática posible. Lo habrá sido para otros, no para el presidente. Por fin se ha dado cuenta de que las estrategias de su Rumsfeld y de sus generales estaban destinadas a liar el petate y volver a casa cuanto antes. No han dejado de hablar de reducción de fuerzas casi desde el día en que pusieron el pie sobre el malhadado país o, al menos, desde aquel 1 de mayo del 2003 en que Bush proclamó el fin de las operaciones propiamente bélicas, vulgo guerra. Las circunstancias lo imposibilitaron una vez tras otra, pero en cada ocasión las promesas renacían de sus cenizas para unas semanas o meses más tarde. Ahora, cuando ya parece que nadie ve otra alternativa y su capital político se diría que está próximo a cero, el presidente pretende acabar con las expectativas derrotistas de una vez por todas. Empieza prescindiendo de su imprescindible secretario de Defensa. El general Abizaid, jefe del Mando Central que tiene a su cargo tanto Irak como Afganistán, pone rumbo hacia su casa y lo propio tendrá que hacer prontamente el general Cassey, responsable militar en Bagdad.

Eso es lo que hacen los políticos cuando sus generales no les funcionan. Uno de los grandes defectos de Bush es su perruna lealtad a sus servidores. Impropio de la pragmática crueldad del mundo del poder, especialmente cuando se trata de la trágica política "por otros medios", los clausewitzianos. Eso fue lo que hizo Lincoln, el modelo que inspira al actual habitante de la Casa Blanca. Cuando nombró jefe del ejército a Grant, el único que le ganaba batallas, le advirtieron de que bebía. "¿Y qué bebe?", respondió, "porque me gustaría dárselo a mis otros generales".

La cuestión ahora para Bush es si tiene la pócima adecuada, porque tal como están las cosas el único factor de victoria a tener en cuenta de momento, por intangible que sea, es su propia voluntad de conseguirla, contra viento y marea. No es suficiente pero es imprescindible. En esa porfía su comportamiento está a la altura de su modelo. Lincoln, en medio de la Guerra Civil, fue el más despreciado y vituperado de los presidentes americanos, con su popularidad por los suelos, toda la prensa furibundamente en contra, acusado de ser un rústico patán incapaz de percibir la deplorable situación en la que se encontraba y rodeado de un clamor de exigencias de concesiones y compromisos. Hoy es tenido por el más eminente estadista de toda la historia americana, a la par como mínimo, o incluso por encima de Washington y Jefferson. ¿Superará Bush de la fase deprimente para entrar en el Olimpo de los grandes y vencedores? El problema no es atinar con una estrategia de cualidades milagrosas, aunque una inversión de las prioridades puede hacer mucho, sino encontrar los medios que nunca han estado disponibles y ahora están más gastados que nunca. Y todo ello teniendo que maniobrar en las condiciones políticas más adversas imaginables.

Las guerras consisten en una sucesión de derrotas que culminan en la victoria final, decía Clemenceau. Así lo fue para los vietnamitas. Veremos si ahora es el turno de George W. Bush.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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