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Terror absoluto

La vesania de los terroristas es una muestra de la espiral hacia el abismo ético a la que lleva el recurso sistemático a la violencia

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Secuestrar a muchos cientos de niños durante más de cincuenta horas, y otras muchas que podían haber sido, bajo temperaturas asfixiantes, sin permitir que les pasen alimento o agua, obligándolos a mantenerse despiertos todo ese tiempo, dejando que lleguen a tomar orina e incluso forzándolos a hacerlo, aterrorizándolos continuamente para tratar de acallar el incontenible lloro, atravesando de un bayonetazo a uno que se acerca a implorar bebida y cuando el techo se les desploma encima, disparando contra los que intentan huir, ¿es eso el terror absoluto? ¿Se ha, por fin, tocado fondo?
No, sabemos con certeza que no, mucho peor es lo que todavía nos puede deparar el futuro. La lógica y la voluntad expresa de algunos terroristas, Al-Qaeda a la cabeza, apuntan inexorablemente a las armas de destrucción masiva, y el día en que  sus esfuerzos y la evolución tecnológica les permitan poner sus implacables manos sobre las mismas, los muertos se contarán por docenas de miles, más bien centenares o incluso, si son muy competentes y la fortuna favorece sus propósitos, no es impensable hablar de millones a pares o de tres en tres. ¿Muertos o...? No olvidemos la inmensa capacidad de chantaje que una amenaza creíble de desencadenar esa potencialidad letal comporta.
 
Esperemos que eso quede todavía muy lejos y las autoridades que deben protegernos hagan todo lo posible por mantenerlo a la máxima distancia. Mientras tanto pensemos en ello y el caso de Beslan contiene todos los ingredientes para hacerlo en 360º y en las tres dimensiones, y aunque nuevo, realmente nuevo, no aporte nada, lo que a estas alturas es realmente difícil, confirma toda la sabiduría acumulada por ese fenómeno que, prehistorias aparte, nace a fines del XIX y se perfila como uno de los grandes elementos políticos de la primera generación del XXI.
 
La vesania de los terroristas es una muestra de la espiral hacia el abismo ético a la que lleva el recurso sistemático a la violencia, supuestamente en idealizada lucha por una causa justa, en realidad como bestial orgía expresiva de sus propias frustraciones . Está claro que crea adicción, pulveriza todas las barreras y tabúes morales en un proceso continuo de autojustificación de las peores abominaciones. Eso es lo que convierte en muy cierta y capital la afirmación de que de nada vale negociar con terroristas. Por su misma naturaleza sus objetivos son absolutamente maximalistas y no se conforman con nada intermedio, que sería traición, excepto como un paso adelante hacia su propia meta, explotando la debilidad moral de estado enemigo, haciéndola pública y ahondando en ella. Con terroristas la única negociación política con sentido es la de la rendición. O la del estado o la de ellos.
 
Muy otra cosa son las negociaciones o si se prefiere contactos que se deben establecer cuanto antes en un episodio de secuestro. En el desarrollo de la crisis puede haber, sin cesión de nada esencial, áreas de entendimiento entre los intereses puntuales y momentáneos de los terroristas y quienes tratan de preservar la vida de los rehenes y aminorar sus angustias. Esa es una parte esencial de la gestión de la crisis y lo menos que se merecen las víctimas es una gestión profesional y competente por parte del estado, lo que en el caso ruso, una vez más, ha brillado por su ausencia. Esa gestión, en los procedimientos, no es esencialmente distinta de la que se plantea en caso de que los protagonistas sean delincuentes comunes. Hay que reconocer que en Osetia todo parece haber sido agravado por una cierta falta de profesionalidad por parte de los terroristas. El profesionalismo en el ejercicio del mal puede implicar un grado de frialdad que ahorre tormentos perfectamente prescindibles para los objetivos que se buscan.
 
Putin, una vez más, no dijo esta boca es mía hasta que todo hubo terminado. Por debajo de él, autoridades regionales buscaron el concurso de líderes chechenos en el exilio, que estuvieron dispuestos a prestarlo, sólo para ser desautorizados por el máximo responsable. Hubo ocultación por parte de las grandes cadenas de televisión ya totalmente controladas por el estado y hubo desinformación por parte de éste, carencia de preparación, falta de coordinación.
 
Justo lo contrario de lo que estamos viendo en el caso de los dos periodistas franceses secuestrados en Irak. La perfecta e imaginativa respuesta en la que no se cede nada –que sepamos–, creando la máxima presión sobre los secuestradores, salvando la cara del gobierno francés gracias a ese alarde de gestiones internacionales huele a minuciosa preparación desde hace meses, probablemente desde que se aprobó la ley del pañuelo islámico o al menos desde el zarpazo terrorista en Madrid. Pero tiene más de efectista que de serio. No se puede hacer dos veces y menos tres.
 
Entre un extremo y otro seriedad es lo que hace falta en la lucha contra la gran plaga de nuestro tiempo. Y manipular el terrorismo para otros fines políticos es lo contrario a tomárselo en serio. Como mínimo a esos otros objetivos se les está dando prioridad sobre la lucha contra el terrorismo. Si apelar a la solución de las hipotéticas causas profundas es tirar, suicidamente, balones fuera, utilizar el terrorismo como pretexto para ignorar otros problemas no lo es menos.

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