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Terrorismo contra el régimen

Nunca antes el régimen iraní, que en los últimos treinta años ha estimulado por doquier actividades terroristas con inspiración, financiación y entrenamiento, había sufrido su zarpazo como en esta ocasión.

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Un día después del atentado suicida producido el 18 de octubre en la ciudad de Pishin, en la provincia iraní de Sistán-Baluchistán contra la Guardia Revolucionaria (Pasdarán) –42 muertos, entre ellos varios altos mandos–, dos policías eran asesinados a tiros en la localidad de Iransahr, en la misma provincia. Nunca antes el régimen iraní, que en los últimos treinta años ha estimulado por doquier actividades terroristas con inspiración, financiación y entrenamiento, había sufrido su zarpazo como en esta ocasión. Los Pasdarán cuentan con 120.000 efectivos, están organizados como un ejército dentro del ejército –con fuerzas de tierra, mar y aire–, y controlan además a la combativa milicia de los Basiji, estimados en unos 3 millones. Hay que recordar que han venido siendo los responsables de apoyar fuera de Irán a Hezbolá en Líbano, a Hamás en Palestina o al Ejército del Mahdi en Irak.

Entre las víctimas más significadas del atentado de Pishin están los generales Nour Ali Shushtari y Rajab Ali Mohammad Zadeh, el primero comandante adjunto de la Fuerza Terrestre de los Pasdarán y el segundo comandante de la región de Sistán-Baluchistán. La acción la han reivindicado los Yundallah (Soldados de Dios), grupo liderado por Malik Riggi que ya ha firmado atentados anteriores en la misma región: el del pasado 28 de mayo, en el que un suicida mataba a 25 personas en una mezquita shií de la capital, Zahedan; o el que mataba a 13 guardias revolucionarios en febrero de 2007 también en Zahedan.

Sistán-Baluchistán es provincia limítrofe con Pakistán y con Irán. En ella conviven con dificultad suníes y shiíes, y el terrorismo yihadista –unido a las actividades ilícitas ligadas al tráfico de drogas procedente de ambos vecinos– obligaba al Gobierno iraní a encargar en marzo a los Pasdarán el control de la región. No parece que estos hayan tenido mucho éxito en su misión y precisamente el atentado de Pishin se producía contra una reunión de los mandos militares con líderes tribales de esta provincia para intentar superar los enfrentamientos intercomunitarios. De los 42 muertos 15 eran Pasdarán y el resto representantes tribales, suníes y shiíes confundidos. Los Pasdarán han jurado venganza contra Yundallah –ya en mayo 13 de sus miembros fueron ahorcados tras el atentado de Zahedan–. Han recibido este duro zarpazo terrorista en el momento en el que acaparan más poder en el país, de la mano del antiguo Pasdarán Ahmadineyad. A su muy visible poder militar –pero también económico a través de la dirección de diversos negocios– acaparan ya la dirección de los ministerios de Inteligencia y Seguridad, Petróleo, Defensa –incluyendo el control de las armas nucleares– e Interior.

Este macroatentado ensombrecía la reunión del día siguiente en Viena para tratar sobre el posible enriquecimiento del uranio iraní fuera de sus fronteras, y endurecía el discurso de Teherán contra Occidente –EEUU y el Reino Unido eran acusados de inmediato como instigadores del mismo–. Ha servido también –y aún está por ver con qué alcance–, para crear tensión con Pakistán, un vecino con el que precisamente en los últimos meses se había intensificado el diálogo en torno a Afganistán, a la lucha antidroga y a la cooperación energética con el proyecto de construir un gasoducto entre ambos.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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