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Un Consejo limitado

Para otros, el Consejo de Seguridad, en cuanto entidad generadora de legitimidad, debe ser siempre la última instancia de decisión. Olvidan su carácter no representativo y antidemocrático.

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Una de las acusaciones más comunes que han recaído sobre todos aquellos que hemos defendido la Guerra de Irak ha sido la de despreciar el papel de Naciones Unidas, poniendo así en peligro la progresiva construcción de un marco jurídico e institucional que permita poner orden en el hobbesiano mundo de la política internacional. La realidad, como tantas veces ocurre, va por otros caminos.

No es un problema de estar a favor o en contra. Los estados están voluntariamente en la Organización y voluntariamente realizan sus aportaciones económicas. Resulta sorprendente que se acuse a Estados Unidos de no apoyar a Naciones Unidas cuando la creó y cuando aporta anualmente una cuarta parte de su presupuesto. También resulta llamativo que los regímenes más dictatoriales, aquellos que más abiertamente actúan en contra de los principios fundacionales recogidos en la Carta de San Francisco, sean los máximos defensores de esta Organización.

En realidad el enfrentamiento se produce sobre distintas interpretaciones de lo que es, en particular, el Consejo de Seguridad.

La experiencia del fracaso de la Sociedad de Naciones enseñó a los responsables del diseño de su heredera que su operatividad y supervivencia dependía, entre otras, de dos cosas: en su órgano decisorio deberían estar presentes todas las auténticas grandes potencias y, para asegurar su continuidad, sería necesario concederles el derecho de veto. En otras palabras, para que el máximo exponente del nuevo derecho internacional público pudiera convertirse en realidad tenía que olvidarse de todas sus utopías igualitarias y colocar en su corazón un clásico directorio en el mejor estilo de Metternich.

Para unos, el Consejo de Seguridad ni es un gobierno mundial ni un tribunal internacional, es sencillamente el marco de reunión de un conjunto de grandes potencias, algunas de ellas profundamente antidemocráticas, donde tratan de llegar a acuerdos de interés común. A veces lo consiguen, otras no. En temas de seguridad internacional la norma es el desacuerdo. Cuando esto ocurre los estados actúan según su conveniencia.

Para otros, el Consejo de Seguridad, en cuanto entidad generadora de legitimidad, debe ser siempre la última instancia de decisión. Olvidan su carácter no representativo y antidemocrático y rechazan, salvo cuando les interesa, el ejercicio del uso de la fuerza sin su expreso consentimiento.

Muchos europeos criticaron duramente a Estados Unidos por la invasión de Irak, olvidando que ellos hicieron lo mismo en la crisis de Kosovo. Ante la amenaza de veto ruso los europeos llegaron a la conclusión de que la crisis podía ir a mayores y que no cabía más remedio que intervenir. Lloriquearon todo lo que pudieron ante las puertas de la Casa Blanca y al final lograron la benevolencia de Clinton, quien a desgana hizo una guerra que no consideraba de interés para Estados Unidos.

Ahora nos encontramos con el ejemplo paradigmático de Sudán y la crisis de Darfur. En aquella región se está practicando un ejercicio de limpieza étnica, asesinando o expulsando del país a varios pueblos no musulmanes. Estados Unidos ha pedido la intervención internacional y los europeos han reconocido la gravedad de la situación. Hasta la fecha todo lo que se ha podido hacer es crear una patética misión de la Organización para la Unidad Africana, que no sirve para nada, y gastar algunos litros de tinta. En teoría creamos el Consejo de Seguridad para resolver crisis como ésta, que afectan a países limítrofes. Los europeos, a propósito de la crisis de Kosovo, acuñamos el principio de injerencia humanitaria, que viene ni que pintado para esta situación. Pues no, el Consejo, una vez más, está bloqueado por la amenaza de veto de uno de sus miembros.

China tiene un contrato con Sudán para extraer petróleo, lo que exige cuantiosas inversiones, la presencia de sus ingenieros y operarios y un importante destacamento militar que garantiza la seguridad de técnicos e instituciones. Para China el acceso a nuevas fuentes de energía es vital y está dispuesta a aliarse con quien sea para lograrlo. Como pago por esa garantía protege al corrupto y fanático gobierno sudanés en su acción criminal. La diplomacia china encuentra el inmediato respaldo de la Liga Árabe, por tantas razones ejemplar "defensora" de los derechos humanos, que rechaza cualquier injerencia occidental en su área de influencia.

En estas condiciones, ¿podemos confiar la resolución de los grandes problemas internacionales al Consejo de Seguridad? Sin lugar a dudas, no. El Consejo cumple un papel importante, si no existiera habría que crearlo, pero el veto ruso en Kosovo, el chino en Darfur, el francés en Irak o los que vengan en la crisis de Irán no pueden llevarnos a la inacción. El Consejo de Seguridad o resuelve o se bloquea, por el doble sentido de los mecanismos de veto. Cuando esto último ocurre la responsabilidad de solucionar una crisis revierte directamente sobre los estados. En ningún momento podemos quedarnos de brazos cruzados ante la catástrofe humana que se está desarrollando en Darfur ni ante el reto al régimen de no proliferación que Irán nos plantea.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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