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Un discurso para recordar

Para Bush Estados Unidos se encuentra hoy al comienzo de una lucha que será larga, que requiere de unidad y de constancia, y cuyo resultado dependerá del éxito en la expansión de la democracia liberal

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George W. Bush ha jurado su cargo como nuevo Presidente de los Estados Unidos y ha presentado su nuevo mandato con un discurso inolvidable. Con la libertad que da el saber que nunca más tendrá que presentarse a unas elecciones, Bush ha repetido las ideas recogidas en los documentos de estrategia elaborados por Rice tras el 11-S y expuestas por él mismo en algunos de sus más conocidos y citados discursos –Banqueting House, Homenaje a Churchill en la Biblioteca del Congreso, National Endowment-, pero de forma mucho más directa.
 
En sus palabras las referencias históricas han sido constantes. En primer lugar la Constitución y, por consiguiente, los debates entre los padres fundadores. Todo americano es consciente de que su país es la primera democracia en la Historia y de que su fuerza reside en la libertad y en la unidad. El filósofo prusiano Kant fue el primero en desarrollar la idea de que la paz está indisolublemente unida con la libertad, que una sociedad formada por ciudadanos desarrollaría una política pacífica y respetuosa con los intereses de sus vecinos.
 
El pensamiento internacional de Kant es troncal en la filosofía política del liberalismo y de ella extrajo el Presidente Wilson una idea muy presente, tanto como discutida, entre las elites gobernantes norteamericanas: que la misión del pueblo estadounidense es el compromiso con la expansión de la democracia liberal por todo el mundo, porque sólo así estará garantizada la paz. Lo que en Wilson había de utopía en Truman se convirtió en necesidad. Estados Unidos no podía refugiarse en sus fronteras tras el estallido de la Guerra Fría. El triunfo de la democracia en Europa, frente a la amenaza del comunismo, era esencial para su seguridad. La tensión duró décadas, pero la claridad de ideas, la unidad en torno a una estrategia común y la constancia acabaron con la Unión Soviética y con todo lo que ella representaba.
 
Para Bush Estados Unidos se encuentra hoy al comienzo de una lucha que será larga, que requiere de unidad y de constancia, y cuyo resultado dependerá del éxito en la expansión de la democracia liberal. No hay utopismo en el nuevo Presidente sino necesidad. El islamismo se nutre de la corrupción y de la falta de expectativas de una civilización atrasada y corrompida por décadas de mal gobierno. Sólo la libertad, en sus justas dosis, puede sacarlos del atolladero al que han ido a parar. El mayor peligro no está en el frente enemigo, sino en el doméstico. El talón de Aquiles de la política exterior de una democracia es la dificultad de sortear la tentación de huir de los problemas elección tras elección. De ahí la insistencia en la unidad en torno a los valores y de la constancia: nadie se puede llevar a engaño, estamos ante un conflicto que se prolongará durante décadas.
 
No hay espacio para el apaciguamiento con los que están detrás del terrorismo y del islamismo, ni con los que han emprendido programas de destrucción masivo, ni con los enemigos de la democracia liberal, tal como ocurre en la vieja y decadente Europa. Un continente que ha desaparecido del discurso presidencial y, de hecho, del discurso público norteamericano.
 
George W. Bush tiene las ideas claras y se lo ha dicho al mundo. Su discurso ha sido, sobre todo, una declaración de política exterior, un pronunciamiento sobre cuál es el papel de Estados Unidos en la sociedad internacional. Tras aprobar una nueva estrategia nacional, declarar dos guerras y ganar de nuevo unas elecciones presidenciales se siente confirmado por la sociedad norteamericana para llevar adelante su programa, un programa revolucionario de dimensiones históricas.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos

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